En su condición de veterana mujer pública, Aurelia creía estar preparada para todo tipo de polvos, pero aquel que le llegaba por detrás fue demasiado: la hizo trastabillar, caer a cuatro patas, gritar buscando aire, sentir que se ahogaba, odiar aquella candente violencia inesperada, llorar de dolor y finalmente, morir.

Aurelia no cobró aquel polvazo, pues las avalanchas piroclásticas del Vesubio fueron así.