“ Guarda come son tranquilla Io, anche se attraverso il bosco, con l’aiuto del Buon Dio, stando sempre attenta al lupo… ¡Attenti al lupo…!

(Lucio Dalla)

Primera parte

-Señoría: lo hice para cumplir con una promesa que me hice a mí mismo en 1917, y la verdad sea dicha; no me arrepiento de nada.

La afirmación de aquel anciano, dicha con enorme calma en correcto alemán con suave acento italiano, dejó momentáneamente estupefactas a las pocas personas que se encontraban en la Sala número cuatro del Juzgado de Instrucción Criminal de Frankfurt.

El declarante tenía aire distinguido, lucía un gran bigote de guías y en su pecho colgaba una medalla de guerra con distintivo verde.

En sus ojos se podía intuir una calmada alegría.

Afuera llovía con fuerza aquella mañana de abril de 1969, y el ruido de las gotas que batían los ventanales del juzgado potenció por unos instantes el silencio que se hizo tras las palabras del anciano.

-¿Se confiesa usted autor de las heridas del señor Harald Schmidt? -preguntó tras un largo minuto el juez instructor, tras intentar sin mucho éxito ordenar una pila de papeles en su escritorio, empujándolos un poco hacia su interlocutor.

-Si, Señoría; eso es.

-Y dice que lo hizo por una promesa que se hizo hace cincuenta años…

-Cincuenta y dos años, cuatro meses y dos días para ser precisos-. El anciano no se contuvo y a su vez, movió los papeles del juez hacia la derecha de la mesa. Sonrió.-Disculpe; me gusta la precisión.

El instructor pareció algo molesto con aquel gesto y comentario un tanto presuntuosos.

Si tiene usted deseos de ser tan preciso, comprenderá que tendrá que exponer aquí más detalles de sus motivos para atacar a su víctima. Tendrá que aclarar lo de la mencionada promesa y, claro está, lo de los hechos propiamente dichos. Le ruego que lo haga hablando en primera persona. Espere un poco, que grabaré su declaración.

El viejo sonrió comprensivo, se atusó las guías del cuidado bigote y miró al juez a los ojos.

-¿No le basta con que me confiese culpable para llevarme a juicio y condenarme?

-Mi función es recabar los datos pertinentes para cuando se abra el proceso. De juzgarle y ponerle una pena, se encargará otro juez. Por eso me interesan sus motivaciones para causarle heridas a un compañero de una residencia de ancianos del Ayuntamiento de esta ciudad -el joven juez suspiró poco disimuladamente-. Comprenda usted que ancianos hay miles y residencias municipales y privadas, unas cuantas. Solo nos falta que comiencen a dispararse sin motivo aparente los ancianos que coincidan en alguna residencia. Nadie asegura una convivencia fácil entre personas de toda índole, pero lo que ha hecho usted se puede calificar de extremo.

El viejo volvió a sonreírse mientras asentía con la cabeza.

-No le falta razón, Señoría; si eso pasara, sería una verdadera bacanal, pero si tiene usted en cuenta que esos viejos de las residencias hemos sido jóvenes y hemos participado en dos guerras, no se sorprenda si le traen desde las residencias de ancianos mucho más que querellas por el exceso de sal de las comidas o la pérdida de un par de pantuflas de andar por casa. Ya le aviso que aclarar todo esto nos llevará tiempo y no sé si le aportará algo conocer mis motivos. Por cierto, le informo que ya conocía al mequetrefe ese de Smichdt. Dar con él en la misma residencia ha sido cosa de la Divina Providencia.

-No le puedo permitir que se refiera a su víctima en términos peyorativos

-Retiro lo de mequetrefe. Quizás llamarlo asesino con peluquín fuese más justo.

-¿Acusa usted a su víctima de ser un asesino?

El declarante se tomó unos segundos en calibrar su respuesta.

-Técnicamente es difícil, porque su crimen fue durante la guerra, en acción de combate -dijo al fin-. Pero si lo acuso de ser poco caballero, mal soldado y peor persona: mataba para satisfacer a su propio ego o al menos; agrandó su ego con las muertes que causó siendo soldado…También opino que es un ridículo incorregible por llevar un peluquín que parece un gato negro agonizante -volvió a sonreír, conciliador-. Aunque estoy seguro que usted me dirá que eso no es motivo suficiente para dispararle.

El juez instructor se removió en su silla, incómodo.

Lo que había comenzado apaciblemente con una confesión, daba ahora paso a unas consideraciones morales difíciles de evaluar y por lo visto, enredadas con la difícil ética militar en tiempos de guerra. Las palabras del anciano le daban al asunto un nuevo cariz. Bien sabía el juez que las actuaciones de las fiscalías se habían visto entorpecidas y supervisadas por instancias más altas, cuando recibían denuncias sobre criminales de guerra. Parecía que con el paso del tiempo, muchos ancianos ganaban prisa y memoria para ajustar sus cuentas pendientes.

-¿Es acaso el señor Smichdt un criminal de guerra nazi? -preguntó con cautela el juez.

-No sé qué hizo ese individuo durante la última guerra. Sé lo que hizo en la anterior guerra, en la Europea, esa que ahora llaman la Primera Guerra Mundial.

El juez resopló audiblemente al darse cuenta de que con sus precauciones, había pasado por alto que el imputado se apoyaba en una promesa de principios de siglo para justificar la agresión que había llevado a cabo sobre el tal Smichdt, que se dolía en una cama de hospital con un balazo a quemarropa en la rodilla izquierda y otro en la palma de la mano opuesta.

Afortunada o desgraciadamente, aquel embrollo no tenía que ver con los horrores de la última guerra, si no que se remontaba a principios de siglo.

Miró al acusado de reojo y lo vio sonreír ampliamente.

-Vamos a necesitar mucho tiempo, señor Juez- dijo este entre dientes, mientras miraba distraído los ventanales que soportaban ahora una suave llovizna-Mucho tiempo…

Capítulo II