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CAPÍTULO Il

El anciano esperó pacientemente a que el juez instructor preparara y pusiera en marcha una enorme grabadora de carrete Grundig que tenía sobre su escritorio y pusiera de propia voz un encabezado sonoro con la fecha, el número del caso y calificación penal provisional de las imputaciones.

Le advirtió al declarante que por tratarse de día viernes, y por lo tanto día de media jornada hábil, era conveniente acabar el trámite de la declaración lo antes posible. A continuación, hizo un leve gesto al anciano para que declarara.

El hombre se inclinó un poco hacia el micrófono que mediaba entre ellos. Comenzó a hablar con mucha calma y voz clara, sin indecisiones.

-Como sabe usted, mi nombre es Giacomino Bardelli y soy ciudadano italiano. Nací el 5 de abril de 1895 en las cercanías de Scalea, al borde del mar Tirreno.

Mi padre era pescador así que mi destino apuntaba al mar, pero una galerna como no recordaban los más viejos del lugar se llevó a mi padre y su barca.

Como se usaba mucho en aquella época, mi madre se marchó a Nápoles para trabajar de mucama para una familia rica, dejándome a cargo de sus padres, mis abuelos María y Aurelio en las tierras más altas del río Talao. De ellos recibí la educación del trabajo duro y el orgullo del esfuerzo y a no alejarme nunca de lo que considerara mis deberes como ciudadano y hombre de bien…

El juez se adelantó con una inclinación rápida hacia los mandos del magnetófono, deteniendo su marcha.

-Señor Bardelli, le ruego que sea más conciso en su declaración y que se limite en lo posible a lo que ya le expuse como esencial de su declaración; esto es, sus motivos para atacar al señor Smichdt. No se trata aquí de que me cuente su vida, ¿sabe usted?.

Un rayo de feroz incomprensión surcó la cara del anciano, que abrió mucho los brazos en gesto de franca decepción.

-Si no tiene usted tiempo para escuchar lo que me dice que quiere escuchar, condéneme de una vez, porque ya le dije que lo agredí y que puesto en la misma situación, volvería a hacerlo otra vez.

El juez le dirigió una mirada de extrema dureza.

-Yo no lo puedo condenar – insistió- soy el Instructor del caso y me parece que tiene usted más genio que motivos para su conducta agresiva.

-Si no escucha mi historia, se quedará sin saber mis motivos para odiar a su Herr Smichdt…o quizás prefiera usted adivinarlas y ya está…

-No es “mi” Herr Smichdt; es una víctima de agresión y como tal…-comenzó a decir el juez, pero el viejo Bardelli le interrumpió sin contemplaciones:

-Quizás le baste a usted como administrador de justicia lo que le digan los testigos de este caso, que aquí entre nosotros, no son más que viudas viejas y veteranos de guerra que ven fantasmas cada noche, entre viajes al inodoro, vaya usted allá y que le cuenten los hechos, si es que alguno lo recuerda. Ahora bien; si no me puede condenar usted, pero a la vez necesita saber porque lo hice, oiga mi versión sin avasallarme; si no, no me oiga y terminemos de una vez…

-¡Señor Bardelli…!

El anciano le miró a los ojos y sin achicarse.

-Juez, los hombres de verdad somos desde niños el reflejo de los valores que nos inculca la familia y la escuela…De adulto, nuestros actos reflejan lo que aprendimos, pero también de lo que hemos sido capaces de olvidar. A veces la diferencia entre recordar y olvidar lo bueno de los primeros años es motivo para actuar justamente o simplemente, delinquir. Mis motivos pasan por mis recuerdos, así que ya verá usted que hace conmigo.

El funcionario resopló con fuerza como reuniendo paciencia para soportar aquel envite que no comprendía del todo. Optó por una pose de lo más profesional y sin decir palabra, encendió la grabadora y se echó atrás en su sillón, convencido de que tendría una oportunidad de poner al viejo en su sitio.

-Continúe- se limitó a decir.

El viejo se recompuso un poco y tras unos segundos siguió su declaración hablando con cierta desgana.

-El abuelo me enseñó dos cosas que han regido mi vida de joven: me enseñó a vivir entre montañas como cazador y me enseñó lo esencial de la guerra. Como educación quizás parezca poca cosa, pero si lo vemos como la base para hacer de un chico todo un hombre, entenderá que mi generación solo necesitaba eso para intentar sobrevivir a las dos guerras que nos regalaron después los políticos. Yo logré sobrevivir a pesar de luchar contra gente como Smichdt.

-¿Qué es para usted lo esencial de la guerra? -preguntó el juez con cierta displicencia- ¿Qué es eso que le enseñó su abuelo y como lleva eso al Señor Smichdt?

Al viejo Bardelli le brillaron los ojos y bajando un poco la voz, resumió para el funcionario la quintaesencia de lo que intentaba decir.

-El abuelo era un hombre con la cabeza bien amueblada, a pesar de ser de campo. Sacaba siempre conclusiones de sus experiencias y le aseguro que nunca se equivocó.

El juez se limitó a encogerse de hombros levemente, para impulsarle a continuar. Afuera, la lluvia se había recrudecido y en aras de la eficiencia judicial comenzaba a darle igual media hora que el resto de la mañana.

En respuesta, el viejo hizo un gesto de fatalidad adelantada, como si temiera que al juez le fuese a molestar lo que tenía que hacer.

-Para que me entienda a cabalidad, tendré que contarle algo del abuelo- dijo como dudando.

-Hágalo.

El viejo se cercioró de que la grabadora funcionaba aún y mirando al juez a los ojos le repitió su anterior advertencia:

-Me tomará algún tiempo.

Capítulo III