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 CAPÍTULO III

-Siendo mi abuelo solo un mozo, la guerra de Unificación de Italia llegó a Calabria de la mano de Garibaldi. Las gentes se debatían entre unirse al héroe o permanecer fiel a la monarquía de los Borbones, y cuando digo mantenerse fieles a la monarquía, me refiero a ser soldado borbónico para ganar un sueldo y recibir víveres de vez en cuando. El empuje de los garibaldinos llevó a sus camisas rojas hasta las montañas del Aspromonte, movimiento este que vino muy mal a sus socios piamonteses, que negociaban con el francés Napoleón III algún tipo de arreglo para no tener que aplastar a los Borbones hasta llegar a los Estados Pontificios.

Como el ejército de Garibaldi levantaba pasiones allí por donde pasaba, le bastaba con acercarse a las aldeas abandonadas de siempre por los reyes de Nápoles para que sus conquistas se fuesen ensanchando. No tardó en llegar la orden de que detuviese su marcha y que se sometiera al mando de los bersaglieri y otras unidades del ejército piamontés. Como aquello era difícil de lograr con rapidez, llegó un momento en que planteó un baño de sangre entre socios y el estado mayor de Garibaldi fue rodeado por el ejército del gobierno Rattazzi .

En aquellos días, mi abuelo y tres de sus amigos del pueblo habían llegado a la retaguardia de los garibaldinos y fueron aceptados como mozos de carga y cuidadores de caballos, con la difusa promesa de hacerse soldados y llevar alguna vez la gloriosa camisa roja.

El día de lo que se conoce como la escaramuza del Aspromonte, mi abuelo y sus amigos fueron testigos accidentales de un hecho lamentable: molesto como pocas veces, Garibaldi galopó en solitario y de frente a las tropas que lo rodeaban para parlamentar con sus jefes, antiguos socios que, quizás movidos por el temor reverencial que levantaba aquel guerrero o por alguna insidiosa orden dada desde arriba, lo recibieron con una lluvia de balas, hiriéndole en un pie y en un muslo y desencadenando una refriega de una hora larga.

Dicen que Enrico Carioli corrió hacia él, logrando arrastrarle hasta sitio seguro. Con las heridas del General, todo parecía perdido, pero sus capitanes resistieron en sus puestos con un oído puesto en las órdenes y el otro en las noticias sobre la salud de su jefe.

Finalmente, un día después, Garibaldi, sin reponerse del todo, dio la orden de suspensión de acciones y se enfrentó a sus enemigos, dejándoles imponerle sus directivas y marchando detenido hasta una fragata para ser encerrado en la fortaleza de La Spezia tras un viaje lleno de incertidumbres y peligros médicos. Italia entera contuvo el aliento, queriendo cuidar al herido.

Las heridas del General lograron que se decretara la desmovilización de parte del ejército Garibaldino y mucha gente marchó otra vez a su aldea con el corazón encogido por la fatalidad. Aquellos disparos estuvieron a punto de interrumpir la Unificación del país.

Mi abuelo se quedó solo entre las unidades desmovilizadas aunque con la vuelta del General, vistió la camisa roja y años después entró a la Roma que se le arrebató al Papa.

El abuelo conoció victorias y derrotas, glorias y miserias y sacó sus propias conclusiones.

El viejo echó un vistazo de reojo al juez que se mantenía impávido recostado en su sillón, con cara de seguir sin entender hasta donde podría llegar la justificación histórica del anciano para machacar a otro compañero de residencia. La historia se le antojaba tan pesada como la Odisea.

Se movió al fin, para pedirle en voz baja a su secretario que le buscara una taza de café y extendió la invitación al anciano, que aceptó.

Le hizo al viejo una señal de que podía continuar.

-En 1910, en la ciudad de Reggio, durante la ceremonia de conmemoración de los cuarenta años de la entrada en Roma, mi abuelo me enseñó, con pocas frases, toda la esencia del arte de la guerra:

El ejército que gana siempre será el que más heridos cause a su enemigo. -me dijo viendo pasar a un gran número de viejos garibaldinos que marchaban orgullosos con sus estandartes y camisas de rojo desvaído por el tiempo, muchos de ellos luciendo orgullosos sus mutilaciones de guerra.  -Apréndete esto bien: Los muertos pasan directamente de ser combatientes a ser héroes, pero los heridos no hacen más que consumir materiales y cuidadores, y aún así, también ellos se pueden convertir en héroes a los ojos de su propia gente. Yo he visto muertos yacer durante días entre sus compañeros vivos como si no les dolieran, pero siempre vi gran afán de los vivos por mantener con esperanzas a los heridos de sus trincheras. Los enfermeros y los que se arriesgan por salvar a un amigo son algo más que hombres de bien.

Un tanto extrañado por aquella certidumbre de la que hacía gala, le recordé al abuelo que cuando el General curó de sus heridas no hizo más que volver a guerrear con más decisión aún contra los Borbones, por lo que sus enemigos seguramente hubieran preferido que le hubiesen matado en el Aspromonte.

-No me cabe duda- me respondió- pero guerreros como él no abundan, así que lo que te digo es exacto: un muerto conlleva una hora de enterrador, mientras que un herido representa meses de cuidados, de camilleros, de enfermeras, médicos, hospitales y medicinas. Su cerebro se anula en parte para exponerse otra vez a los disparos, porque cuando te hieren, se suele pensar que la suerte que tuviste al sobrevivir era toda la suerte que tenías… La familia, si la tienes, hará lo posible para que no intentes volver a su unidad a combatir de nuevo, por lo que volver al frente se vuelve una doble maldición llena de fatalismo. Son pocos los que no quieren dar su vida militar por terminada después de caer heridos.

-¿Y esa es la esencia de la guerra, según usted? ¿Herir al enemigo y no matarle? -preguntó de pronto el juez, mostrándose de pronto algo animado-. ¿No es cruel pensar que es mejor carcomer a un hombre con unas heridas, que matarle en el campo del honor? ¿Por eso hirió a Smichdt y no lo mató?

El viejo se encogió de hombros.

-Créame, señor Juez; el honor en la guerra se acabó con la última carga a la bayoneta de los garibaldinos contra los turcos en Domokós, durante la independencia de Grecia. Luego todo se ha vuelto preparación artillera y ataques a pecho descubierto frente ametralladoras, gases venenosos, bombardeos de aviación y ahora, se busca el exterminio del enemigo que es para lo que tenemos la bomba atómica que vuela en cohete. Eso no tiene nada de honroso. Ahora se estila meter miedo y no el honor del combate, como antaño. El abuelo tenía razón y yo lo comprendí en la Guerra Europea. Si solo lo herí fue para enseñarle una lección.

Capítulo IV