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CAPÍTULO IV

Bardelli sostenía el tazón de café humeante con las dos manos y sin dar margen a más consideraciones, prosiguió su relato:

-Cuando me llamaron al servicio, entré al cuartel de Reggio como simple conscripto pero en dos semanas ya me había seleccionado para un grupo especial de tiradores, gracias a la facilidad con que manejaba los viejos fusiles Carcano con que nos instruían y por la puntería de unos simples ejercicios que nos obligaron a hacer a todos los que presumimos de ser cazadores. No está de más recodar que Italia fue a la guerra sin estar preparada, cosa que haría enrojecer de furia al divino Augusto, a Cesar, a Adriano y a todos los grandes emperadores Romanos. ¡Pobre Italia! Lo que fue motivo de castigo para los oficiales de aquellos antiguos hombres, parece haberse vuelto una debilidad con los siglos -el viejo tomó un sorbo de café y una leve sonrisa le bailó en los ojos, volviendo a sus propios recuerdos.

Aquel grupo especial de tiradores no lo pasamos mal durante un par de meses en la ciudad. ¡No señor, no…! Llevábamos uniformes verdes que nos distinguían de los otros soldaditos, teníamos algunas liras de paga extra, pobres privilegios que nos regalaban el odio de muchas otras unidades, que resolvíamos a golpes en algún tugurio los sábados por la noche. Pero luego comenzaron las hostilidades contra los austríacos en los Alpes desde mayo de 1915 y con el fracaso de los dos primeros intentos de cruzar el rio Isonzo, había unidades italianas enteras inmovilizadas desde Capporeto al Tolmino. Como se imponía desatascar la situación a base de renovar la ofensiva, algún generalote pensó que la clave pasaba por usar tiradores que se adelantaran a las tropas y hostigaran las fuertes defensas que los austríacos habían levantado durante dos años, mientras los gobiernos de Italia debatían hacia qué lado inclinarse en la guerra; otra debilidad de los políticos que en la Gran Roma les hubiera significado morir a pedradas… Ya ve usted que gran estrategia; francotiradores para dispararle a fortalezas de concreto con ametralladoras de trincheras. Con estos grandes planes, me metieron junto a otros cinco compañeros en un tren que tardó una semana en dejarnos al pie de los Alpes, donde se nos notificó a que unidad deberíamos presentarnos.

Bardelli apuró el resto del café y depositó el tazón en el escritorio del juez.Éste le escuchaba distante, como si comenzara a entretenerse con los recuerdos del acusado. Se movió lateralmente en su sillón, acomodándose.

-¿A qué unidad le destinaron? –preguntó.

Bardelli dejó escapar una sonrisa forzada.

-No lo recuerdo… Verá: Tras dos días de caminar a pie por aquellos montes con una docena de soldados que se reincorporaban a sus grupos con pocos pertrechos, nos encontramos de repente en medio de una gran ofensiva austrohúngara que nos llevó a escalar una cima nevada y a defendernos con tesón para no quedar del todo aislados. Allí vi por primera vez dos cosas que no conocía: una nevada de un metro y medio y cómo un obús era capaz de partir a tres hombres por la mitad.

El anciano pestañó tres veces con rapidez como buscando pasar la página de aquel recuerdo en particular.

-Al día siguiente, sin haber dejado de recibir balazos y algunos obuses desde el valle a las faldas del monte, habíamos consumido toda nuestra comida y el único suboficial que quedaba en el grupo me ordenó salir de nuestro refugio entre las rocas e intentar cazar algo ¡Toda una insensatez!.

Un viejo veterano que se hallaba a mi lado lo miró con disgusto y se limitó a decirme en voz baja que ya que no habría caza en muchos kilómetros a la redonda, podía aprovechar la oportunidad para bajar corriendo hasta Firenze y desde allí enviarle al suboficial la polla de su padre en vinagre como agradecimiento por enviarme a una muerte casi segura -Bardelli sonrió al juez sin disimulo-. Así nos las gastábamos en esos años de trinchera y sufrimientos… Pero como órdenes son órdenes, cuando faltaba una hora larga para que amaneciera ya yo estaba decidido a salir convencido de que tendría que sobrevivir a aquel estreno solo y a mi manera. Arrastrándome por la nieve con inmenso cuidado, salí de la vista de mis compañeros y del enemigo hasta alcanzar la cima del monte. En la ladera opuesta, a unos diez metros por debajo de mi posición, divisé a media docena de soldados húngaros emboscados con una ametralladora Mondragón, la más rápida de aquella época. Inmovilizado por aquella presencia, me mantuve una hora sin moverme, aterido de frío y haciendo cálculos sobre lo que debería hacer. Finalmente, quizás por miedo, quizás por hambre, me decidí a actuar de la manera más estrambótica que se me ocurrió, porque vi que los muy precavidos habían montado su ametralladora sobre una enorme caja de raciones para ganar altura de disparo sobre la garganta que defendían, y a mi derecha, también en el suelo y como tarima del observador de disparo, otra caja más pequeña repleta de botellas de vino. Tuve que acallar de mala manera los rugidos de mis tripas al verlos desayunar aquellos manjares y calentarse la madrugada con vino de Gödöllö.

-¿Que hizo usted?

Sabía que ningún tirador de este mundo podría hacer seis disparos certeros sin quedar atrapado entre la cima y aquella ametralladora y si decidía lanzarle alguna granada, esta podía hacer desaparecer el botín de la comida y solo faltaba que se dieran cuenta de que había italianos a sus espaldas para que intentaran ellos eliminarnos a nosotros tan pronto les fuese posible. Retrocedí lentamente unos metros y tras escarbar un buen agujero en la base de una gran aguja de nieve sin sostén, formada por el viento en las rocas, metí las únicas dos granadas que llevaba en mi mochila, retrocedí con prisas y esperé la explosión tapándome las orejas –al viejo Bardelli se le iluminó el rostro mientras gesticulaba y avanzaba en su relato- Aquello fue más un bufido ronco que una explosión, pero ante mis ojos vi como la enorme masa de nieve del pico se deslizaba majestuosa sobre los enemigos, cubriéndoles. Inmediatamente se organizó una balacera en la cara del monte en que habían quedado mis compañeros, y yo, que debía tener en las espaldas un palmo de nieve, me deslicé entre balazos hacia mis compañeros como un niño cobarde en un tobogán: despacito y sobre el vientre.

El anciano se sonrió y su risa se fue ampliando lentamente hasta volverse carcajada primero y un fuerte acceso de tos después. El juez mismo se levantó de su asiento y le trajo un vaso de agua de la fuente del pasillo. El funcionario parecía no entender nada.

-Pero con su acción los mató, Herr Bardelli; ¿No decía que era mejor herir al enemigo?

El anciano se volvió a reír con más comedimiento.

-¡No, no! Verá: los enterré en nieve, pero lo mejor de eso es que cuando finalmente volví a mi grupo, conté lo que teníamos allí enterrado y salimos cuatro hombres para recuperar la comida. Cuando llegamos, un par de húngaros estaban ya fuera del parapeto medio muertos de frío y escarbando para buscar a sus compañeros. Corrimos cuesta abajo y fue cosa de desarmarlos, ayudarlos a sacar a sus compañeros, darle una botella de vino para los seis, quitarles la comida y mandarlos monte abajo, amenazándoles con usar su propia ametralladora para calentarles un poco el trasero -Bardelli volvió a carcajearse hasta que la tos lo interrumpió otra vez. Un minuto largo después pudo seguir con su relato-. De todas formas, señor Juez, nunca he dicho que no matara en la guerra… Eso ya sería un milagro -miró torvamente al funcionario-. Un embuste así lo suelen decir siempre a los artilleros, que disparan a matar y nunca se enteran si han dado en el blanco. Al final se marchan a casa sordos pero diciendo que no saben si mataron a alguien. ¡Menudos cabrones que son!.

-Herr Bardelli, sigue usted sin decirme nada de Herr Smichdt.

El anciano lo miró como compadeciéndole por tener tan poca imaginación. Moderó su risa y siguió su relato como si las observaciones del otro no le vinieran del todo bien en ese momento.

-Ahora ya puede usted imaginar que mis compañeros me rodearon con una aureola de heroicidad completamente irreal, que yo como joven sin demasiada experiencia no acallé debidamente en su momento. Todos teníamos ganas de sobrevivir a aquella guerra y la posibilidad de derrotar al enemigo sin verle los sesos esparcidos por la nieve resultaba de lo más atractiva. Las palabras de mi abuelo sobre los muertos y los heridos se me clavaron en la cabeza. Recuerdo que hasta celebramos con su vino blanco que los oficiales de aquellos húngaros no los fusilarían por huir de una avalancha en los Alpes, sobre todo cuando nuestros propios sitiadores se marcharon sin más aquella misma noche, quizás temiendo otras avalanchas. Lamentablemente, aquello no fue más que una ocasión bien aprovechada para un estreno -el anciano bajó la voz y endureció el gesto-. Las batallas para cruzar el Isonzo fueron doce y los cambios de posiciones en las montañas fueron pocos y sangrientos. Durante la cuarta batalla del Isonzo, la unidad que finalmente me recibió como tirador, la Décima Segunda del Tercer Cuerpo del Duca D’Aosta, ocupó la cima del monte Dei Sei Busi, desde la que controlábamos el único paso posible de retirada para el enemigo, si alguna vez lográbamos sacarlos de las fortificaciones de Gorizia. Seis días tardó nuestra artillería en ablandar aquel bastión y una semana tardó nuestra infantería en lograr que comenzaran la retirada.

Cuando el enemigo llegó a nuestra zona de control y entró en una gran hondonada, atrapamos a un batallón de unos ciento cincuenta hombres entre húngaros y austríacos que siguieron combatiendo ordenadamente, a pesar de que nuestro fuego de morteros y fusilería diezmó su vanguardia. El resto solo pudo parapetarse como pudieron en lo estrecho de la hondonada a nuestros pies, y ahí comenzó mi particular batalla para que Italia ganara la guerra haciéndole heridos al Imperio; la batalla que me llevó a conocer al tal Smichidt…

El juez hizo un gesto de que ya iba siendo hora de entrar en el meollo del asunto, pero el anciano le devolvió una advertencia de que aquello no había hecho más que comenzar.

-Esa batalla se terminó ayer, cuando le disparé y eso demuestra que la gané yo -murmuró desafiante antes de enmudecer de pronto.

Capítulo V