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CAPÍTULO V

 -¿Y como se hace una enemistad así, cuando existe una gran distancia entre los combatientes, cuando se está en un ambiente hostil entre montañas, cuando no hay una situación de cuerpo a cuerpo en la que identificar a un enemigo en particular?-preguntó el juez tras dejar al anciano un par de minutos con sus cavilaciones.

-Los balazos tienen firma, señor Juez, sobre todo si se dan entre tiradores de elite.

-¿Herr Smichidt era tirador del ejército austríaco?

-Del alemán.

-Y debo entender que estuvo en aquel batallón que su unidad emboscó, ¿no?

-No desde el principio. El llegó unas cuatro semanas después, con un grupo de alemanes que se retiraba. Llegaron cargados de pertrechos. Sabrá Dios de donde venían.

-¿Y sus enemigos podían recibir pertrechos?

El viejo Bardelli hizo un gesto de impotencia.

-Quizás yo hubiera podido evitarlo si hubiera disparado a matar tan pronto llegaron.

El juez se reclinó en su asiento, midiendo las palabras del anciano. Creyó entrever un rayo de dolor en ellas

-El día en que el enemigo cayó en nuestra trampa, una bala mató al único oficial que quedaba con nosotros y el mando lo asumió el Sargento Colina, un milanés que bordeaba la locura y que nos ordenó descender monte abajo para una carga a la bayoneta totalmente innecesaria. Hubo discusión y amenazas de juicios y fusilamientos, pero tuvimos la enorme suerte de que cuando el Sargento se alzó sobre el parapeto con el silbato en la boca, un disparo salido de nadie sabe dónde, le atravesó el corazón -el anciano sonrió con sorna-. Hay héroes que son de folletín, Señoría y como tal, acaban mal. Colina cayó monte abajo y descansó entre los enemigos muertos y heridos de la hondonada. El mando recayó sobre el Cabo Laretti, hombre serio del sur, como yo, que dispuso nuestra posición según lo que estaba previsto en estos casos. Fijamos al enemigo en su refugio durante más de un mes largo.

-Cuénteme lo de Smichdt y la llegada de pertrechos -pidió el juez.

-Primero tengo que contarle lo que hicimos las cuatro semanas anteriores, y ya que abuso de su paciencia, intentaré ser más conciso.

El joven funcionario resopló quedamente e hizo un gesto de entrega total. Bardelli se acomodó en su silla y lo miró como preguntándose si el funcionario llegaría a comprender de buena fe la importancia de su relato. Pareció no sacar ninguna conclusión definitiva y encogiéndose de hombros siguió con su declaración.

-Como le dije, Señoría, le hicimos mucho daño a la columna enemiga que entró a nuestra posición y al final de la tarde había muchos cadáveres y heridos en la garganta de la hondonada. Como siempre, los blancos preferentes habían sido los oficiales que buscaban protagonismo, los telefonistas que parecían mulas cargados de cables y cajones y cualquiera que cargara tubos de morteros o tanques de lanzallamas. Una hora antes de ponerse el sol, dejábamos de disparar y les dejábamos organizar la recogida de los heridos que gritaban a todo pulmón por ayuda, sin que cruzáramos ni una palabra ni una señal con sus compañeros. Los enfermeros se arriesgaron a salir tímidamente y comenzar su trabajo sin que nadie les molestara y hasta creyeron devolver el favor que le hacíamos llevándose también el cadáver del Sargento Colina. Francamente, espero que lo hallan enterrado entre Rumanía y Bulgaria -Bardelli se sonrió macabramente-. Durante unos diez días, ellos intentaron forzar una salida por el extremo derecho de la garganta muy nevada, y nosotros lo impedíamos de día y de noche con una lluvia de proyectiles. Cada tarde había muertos y heridos pero, antes de caer el sol, dejábamos que los enfermeros los recogieran y los trasladaran al extremo derecho de la garganta, cerca de la zona que ansiaban alcanzar. Aquello era un pacto tácito de caballeros que surgió de concedernos un respiro metidos hasta el cuello en aquel infierno: siempre que fuesen desarmados y acompañados de los sanitarios, a los heridos les dejábamos llegar hasta un recodo de la garganta que no controlábamos del todo y desde la que podían retirarse, no sin esfuerzo, hasta sus líneas aliadas, más allá de la siguiente garganta. Los heridos siempre se retiraron en orden y desarmados y los sanitarios siempre volvieron a sus puestos. Y así se quedaron las cosas a partir de la siguiente semana: cada uno en su posición, ellos abajo, agachados y nosotros desde arriba sin dejarlos mover. Laretti reportaba cada día la situación por teléfono y el mando le ordenaba no dejarlos escapar, ya que se hacía previsible que los ataques nuestros en las llanuras de Gorizia hicieran amontonarse en poco tiempo a varios miles de soldados enemigos en retirada. Todo el mando hablaba de crear una gran bolsa de prisioneros en nuestra zona. Éramos el tapón de una gran victoria propagandística.

-¿Y fue así?

-Al final fue menos de lo que se esperaba, pero para nosotros era mejor estar bien parapetados en la cima con abastecimientos asegurados desde la otra vertiente del pico, que corriendo a pecho descubierto en los llanos del Isonzo. Finalmente, algo cambió en aquella emboscada sin novedades.

-¿Qué ocurrió?

-Ocurrió que las dos siguientes semanas, después de ver que al final de la tarde les dejábamos recoger sus heridos y evacuarlos, muchos de los soldados enemigos parecían pedir que les hiriéramos…

-¿Y eso? -preguntó el juez, inclinándose hacia adelante en su escritorio.

-Comenzaron a descuidar su cobertura: Se recostaban contra las paredes de la hondonada y estiraban las piernas dejándonos ver las punteras de las botas, asomaban un codo entre los sacos terreros que llenaban sin cesar de noche. A veces algún centinela dejaba ver el talón de uno de sus pies y hasta hubo uno que sacó el trasero en el parapeto de la zona de letrinas, ofreciendo un buen perfil para un balazo no mortal.

-¿Y ustedes qué hacían?

Bardelli se rió unos instantes. -Mi centinela de apoyo, el pobre Simone, un adolescente al que llamábamos “Fúlmine” por lo inquieto que era, me avisaba de aquellos descuidos y yo les hería lo mejor posible, para que les tocara unas semanas de descanso en Baden-Baden. Inclusive, para ocasiones como aquellas, cambiaba mi fusil Carcamo 91 por un Vetterli modelo M de 1870 de mayor calibre, pero de menor penetración. No quiero darle una mala idea de aquellos soldados: Eran buenos de cojones, pero hay que recordar que venían de sufrir bombardeos de artillería y cargas de infantería continuos entre Caporetto y Creda, que permanecían agachados de día y trabajando de noche en profundizar su posición hasta convertirla en una trinchera en la que poder estar de pie, y que no sabían qué pasaba a sus espaldas y si podrían alguna vez avanzar hacia sus líneas. Nuestros disparos y la nieve les deshacían la mitad del trabajo cada día. En aquella situación, un balazo en el pie podía ser una bendición. Yo les ayudaba en lo que podía causándoles una herida suficiente para que los sacaran de allí con la satisfacción de saber que, como pensaba mi abuelo, con ello comprometía el esfuerzo económico y bélico de su país. Laretti, a quien conté la teoría de mi abuelo, llamaba a aquello “El Balazo Calabrés” y me preguntaba siempre que oíamos al herido llamar a los médicos de viva voz, si había creado un lisiado vienés o un Garibaldi austrohúngaro -el viejo Bardelli sonrió con satisfacción-. Yo siempre le respondía que esperaba haber hecho un simple soldado pensionado -suspiró conforme y se permitió un chiste a medias-. Aunque no creo que el ejército austriaco me dé la Medalla al Mérito Sanitario Militar, sí creo que muchos de sus soldados me habrán quedado agradecidos. Sus suboficiales se limitaban a anotar las bajas sin juzgar el descuido que la había causado, sin acusaciones de cobardía ni hablar de fusilamientos. En eso también se portaron como caballeros con sus propios hombres.

El juez se echó para atrás en su sillón y se mesó los cabellos con nerviosismo contenido.

Bardelli notó aquel gesto de frustración y sintió algo de pena por el joven funcionario. Pensó que le aburría con sus batallitas y se calló.

El juez detuvo el magnetófono, miró el gran reloj de pared de la habitación contigua y dio permiso a sus ayudantes para que dieran por terminada su jornada de trabajo.

A continuación, también él se sumió en un largo silencio.

Capítulo VI