En su condición oculta de viejo exhibicionista en parques y jardines, firmó gustoso el documento en que cedía su cuerpo a la ciencia.

Tenía la secreta esperanza de que alguna guapa estudiante de medicína admirara y tocara – al fin- su chorrita, aunque fuese en una mesa de disección.

Por una cruel casualidad, llegado el día de su fallecimiento enviaron su cuerpo a una granja de cadáveres del CSI para probar los efectos del fuego con acelerantes sobre los despojos humanos.

Nadie del barrio fue testigo de esa muestra de justicia divina.