En su condición de fiel rastafari practicante, Willy apartó de su cara su frondosa melena de sauce llorón y se encendió su cuarto porro en linea.

La fiesta estaba en su mejor momento y faltaba poco para que sólo sonara Marley. Alguien le pasó un par de pastillas de colores, que Willy tragó goloso y sonriendo.

Sonó “No woman, No cry” y entonces le dio una pálida suave pero aún divertida.

Tres horas y tres pipas después, Willy no solo escuchó a Bob, si no que le estrechó la mano y conversaron ambos con un par de Ángeles del Señor que vestían túnicas de flores y palmeras y que resultaron ser unos colegas de lo más enrollados.