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CAPÍTULO VI

-Y cuando ya tenían todo controlado, entonces llegó Smichdt, ¿No? -el juez parecía haber conectado con la historia de Bardelli tras unos largos minutos de molesto silencio. Le ofreció más café al anciano y acomodó con parsimonia los papeles del escritorio, en el mismo sitio hacia el que lo había empujado el declarante. Ya era más de mediodía y no llovía afuera.

-Si. Todos sabíamos que aquella situación no duraría por siempre, pero creo que llegamos a estar cómodos tal y como estábamos. A nuestro alrededor, más allá de nuestro desfiladero helado, eran constantes las preparaciones artilleras que precedían a ataques más o menos inútiles que terminaban siempre en carnicería. -Bardelli movió la cabeza lamentando las imágenes que pasaban por su cabeza-. El grupo de austrohúngaros había ahondado el suelo helado bajo sus pies y podían andar normalmente sin tenerse que encorvarse. Durante muchos días ni siquiera intentaron romper la trampa para escapar pero Laretti nunca se fió del todo; con cada reporte telefónico pedía que le enviasen algún oficial que se hiciera con el mando de nuestro grupo y como única respuesta recibió los galones de Cabo primero, muy a su disgusto. De vez en cuando les disparábamos con fusilería a ver si cambiaban de actitud, pero su desventaja era tal que no solían responder. Mi ayudante Simone me avisaba si veía algún blanco al descuido y yo le daba el balazo previsto, pero hasta eso comenzó a escasear… Entonces, una noche, en medio de una gran nevada, por la boca de entrada de la hondonada llegó un gran grupo de soldados alemanes que se retiraba de las llanuras del río Torre para encontrarse con aquellos aliados atascados en nuestro desfiladero y con nulas ganas de inmolarse intentando salir de allí. Ya al día siguiente pudimos ver que los recién llegados comenzaban a reorganizarlo todo, dispuestos a salir de la trampa lo antes posible. A las catorce horas de llegar, en plena nevada, los recién llegados intentaron una salida por el fondo del desfiladero que abortamos a morterazos, causándoles una docena de bajas entre muertos y heridos, obligándoles a volver a la hondonada. Como por arte de magia, entre los parapetos de los sacos congelados volvieron a aparecer manos, pies y algún codo que otro, pidiendo ser heridos. Dedujimos que los recién llegados se habían hecho con el mando y les pedían a nuestros clientes sacrificios heroicos que les resultaban excesivos; después de todo, el mando de todo ese sector lo había asumido el General alemán Von Below que luego llegó a Mariscal. Hasta nosotros pudimos darnos cuenta de que había problemas entre ellos.

-Y fue entonces cuando conoció Usted a Smichdt ¿No? -murmuró el juez, dándole forma a lo que restaba del relato

-Si. En su condición de tirador le ordenaron separarse del grupo, emboscarse y eliminarnos uno a uno, en la medida de lo posible.

-Suena lógico- apuntó el juez.

-Si, claro; pero lo que le falta a Usted por saber es que al segundo día de estar allí, los oficiales recién llegados se permitieron fusilar sin juicio a dos de mis heridos austrohúngaros que esperaban al cuidado de los sanitarios bajo la acusación de cobardía, además de tener la desfachatez de meter a uno de sus telefonistas con todo y bobina de cableado en el grupo de heridos que esperaban que dejásemos evacuar esa tarde. Está de más decir que no permitimos que tuvieran éxito y me empeciné en darles boleto especial a todos los que fueran recién llegados. Se quedaron sin poder comunicarse.

-¿Disparaba Usted a matar?

-A los recién llegados se les apuntaba de lleno… y se les daba de lleno.
-¿Y seguían dejando evacuar a los heridos, o eso también cambió?.
-Laretti se volvió una furia con los cambios de los recién llegados y prohibió cualquier caballerosidad: por culpa de esos payasos volvimos a la guerra real, a matar y a morir sin humanidad.Si no estábamos entre caballeros, entonces seríamos lobos cazando una pieza. Solo se seguiría respetando a los sanitarios, si bien no le dábamos mucha libertad.

El juez instructor entrecruzó las manos y se inclinó hacia su interlocutor como para hacerle una confidencia. Le miró a los ojos y le preguntó:
-¿Y qué pasó con los enfermeros del grupo inicial?
-Primero se volvieron enterradores y más adelante, durante la sexta batalla del Isonzo en la que tuvimos nosotros que retirarnos hasta el monte Sabotino, procuré darles el Balazo Calabrés de Laretti para que salieran de allí de una buena vez, tal y como íbamos a hacer nosotros por el lado opuesto. Como cuando llegara la paz serían médicos y enfermeros, procuré siempre dejarles cojos, no mancos. Fue la única licencia que me permití: por una vez, alguien tendría que cargarlos y cuidar de ellos.

El juez recuperó su posición anterior y suspiró audiblemente.

-¿Y Smichdt? ¡Sigue Usted sin decirme nada importante de Smichdt!

Bardelli suspiró hondamente y los labios le temblaron levemente.
-El muy cabrón le metió una bala de Mauser 81 a través del visor a mi vigía Simone creyendo que era yo, el Alpino italiano que hería pero no que mataba, el tirador que cada día se la lucía con un par de heridos para tocarle los cojones al ejército del Emperador -al anciano Bardelli los ojos se le nublaron con lágrimas que no llegaron a caer por sus mejillas-. El hijo de puta le explotó la cabeza como explota una pompa de jabón, y cuando pudo, también se cargó a Laretti de un disparo en la garganta. Si bien nuestro trabajo era elegir un blanco y hacer diana, este individuo solo tenía arte para matar, le gustaba la muerte y nada más.

El juez entreabrió la boca unos instantes y volvió a cerrarla sin decir nada.

Parecía haber entendido finalmente que, como bien había dicho el anciano con anterioridad, aquella era una batalla de lo más personal y que había heridas que realmente llevaban la firma del que las infringía, a pesar del supuesto anonimato que originaba la guerra. Aquel anciano había combatido a su manera y sentía tanto orgullo por su propia rara actitud, que se dolía de no haber tenido contrapartes semejante a él en las filas enemigas. Comprendió de pronto que el pozo de odio de Bardelli iba más allá de los sentimientos normales de los veteranos de guerra y pensó con aprensión lo poco que le ayudaba aquello en el asunto judicial en que se hallaba inmerso.

-Lo peor de todo es que si a alguien deseé matar en toda la Gran Guerra, si a alguien busqué para cazar como a un perro, si a alguien hubiese yo matado a mordiscos lleno de gusto, fue al tirador alemán de aquel grupo de soldados. Después de que matase a Simone, me dedique en exclusiva a encontrar a aquel tirador para ajustarle las cuentas y tengo que decir que el cabrón era muy bueno: era capaz de permanecer varios días sin disparar ni moverse para mantener una posición que le fuese ventajosa. Como el disparo que mató a Simone fue dado en horizontal, dejé nuestras líneas de noche y subí aún más en nuestro monte  para localizarle a vista de pájaro en el suyo propio. Antes de dar con su posición, tuve que ver desde la lejanía como mataba a Laretti. Sintiéndome violentamente responsable de aquella otra muerte injusta, hice mis cálculos y comprendí que desde allí no podría asegurar el disparo por lo que tuve que esperar la siguiente noche para descender hasta una distancia en la que me fuese posible dispararle con ventaja. Realmente quería matar a aquel demonio… Con los primeros rayos del sol distinguí desde aquella otra altura en que me hallaba, que el grupo enemigo se preparaba para forzar una salida hacia el fondo del desfiladero y noté que el tirador al que buscaba se había movilizado, arrastrándose, para reunirse con sus compañeros. A simple vista seguí con el visor de mi arma el camino que debía haber tomado, hasta que noté un levísimo movimiento en la nieve a escasos metros del borde de la hondonada. El cabrón se me escapaba. Me llevé el Carcano a la cara, aplaqué la respiración resoplando con esfuerzo un par de veces hasta comenzar a notar cómo el corazón impulsaba la sangre a través de mi cuerpo y se me calentaban las orejas. Enfilé aquel bulto que apenas se movía con la cruz de la mira, buscando la zona en que debía estar su cabeza y en la tercera diástole de mi corazón, acaricié el gatillo del fusil. El disparo retumbó por toda la garganta y un pequeño saltito de sangre tiñó la capa de nieve que cubría a mi blanco. Con el impacto, el tirador herido olvidó todas sus precauciones y saltó trastabillando hasta la hondonada. Fue rápido como un rayo y no pude si no fallar por milímetros el segundo disparo que le dediqué… De inmediato se generalizó un tiroteo enorme que me permitió volver sobre mis pasos y unirme a mis compañeros en nuestra posición, desde la que batimos como demonios la salida de la hondonada, machacando durante horas a los majaderos que intentaban salir por ese extremo. Dos días después se nos ordenó salir de allí de inmediato porque nuestro frente se hundía en la contraofensiva enemiga y se evaporó mi oportunidad de cerrar lo que se había convertido en un duelo personal.

El juez estudió cautelosamente la cara del anciano y lo notó cansado de hablar y quizás aún más de recordar. Por su propio bien, deseó concluir su recolección de datos lo más rápido posible.

-¿Y cómo supo usted que aquel tirador que mató a sus compañeros y que logró herir en los últimos momentos de la batalla era Harald Smichdt? ¿Acaso tuvo Usted acceso a documentos del ejército austrohúngaro después de la guerra que le aportasen esos datos? Explíqueme cómo lo identificó usted como para darle dos balazos cincuenta años después.

-Cincuenta y dos años, cuatro meses y dos días después de prometerme honrar a mis compañeros caídos y, si la vida me lo permitía, reprocharle con toda la violencia posible al tirador enemigo su hambre de matar sin necesidad real de hacerlo.

-Ya, ya. Cincuenta y dos años cuatro meses y dos días -se rectificó el funcionario, sin mostrar esta vez ninguna frustración. -¿Como lo identificó?

-Me lo dijo él mismo hace unos días.

-¡Vaya por Dios! -exclamó el juez con gesto incrédulo.

-Ya ve, Señoría, hay egos que cantan la Traviata con dos miserables notas que le toquen. Hace cinco días algunos viejos de la residencia hablábamos de la última guerra y el muy cretino se pavoneó en público de lo que había hecho en la Gran Guerra.

-Y eso le sirvió para identificarlo…

-Y para confirmar que se trata de un mequetrefe, mentiroso y criminal, que merece más de los dos balazos que le di. Además, sus palabras buscaban ofenderme continuamente desde el día que supo que era ciudadano italiano.

-¿Y eso?

-No escondía su desprecio por Italia como enemiga en la Guerra Europea y mal aliada en la Segunda Guerra Mundial, según sus propias palabras. Se mofó de los muertos italianos de ambas guerras llamándoles cobardes a pesar de estar yo presente -Bardelli enderezó la espalda de pronto y le hizo al juez un gesto de que lo que iba a hacer le resultaba obligatorio-. Para que usted entienda a cabalidad como ese cretino logró hacerme hervir la sangre en las venas, tengo que contarle cómo hizo la casualidad que pudiese cumplir mi promesa después de tanto tiempo.

El juez asintió sin chistar.

Capítulo VII