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CAPÍTULO VIII

Bardelli se acomodó cuanto pudo en la celda en que le había depositado el mismo agente policial que lo custodiaba desde el día anterior, al llegar arrestado desde la residencia y cerró los ojos intentando descansar.

El juez le había dicho que tardaría un par de horas en presentarle la transcripción de sus declaraciones y por eso se sorprendió un poco cuando, en aproximadamente cincuenta minutos, se presentó el agente de custodia y le avisó que le requería el Juez Instructor.

Cuando llegaron a la oficina donde había declarado, se encontró solo delante del joven. Quedaban muy pocas personas en todo el edifico.

El juez se limitó a extenderle media docena de hojas escritas a máquina con el membrete del Juzgado.

-Señor Bardelli: le ruego que lea cuidadosamente este escrito y cuando yo le indique, volverá a leer la última página como quien lo recita, para que quede grabado en cinta. Después, si a Usted le parece bien, lo firma y estaré en posición de garantizarle una par de meses tranquilos en un hospital de la ciudad para unas pruebas psiquiatricas sencillas, de esas que le hacen cada mes en la residencia y para dentro de un mes, un juicio en el que no podrá mencionar nada de lo que me ha contado sobre Smichdt.

Si llegamos al acuerdo que le propongo, seguramente le impongan una orden de alejamiento sobre Smichdt, le confiscarán la pistola y le pondrán una multa por portarla sin licencia, la obligación de presentarse periódicamente en comisaría y a revisión psiquiátrica periódica y es seguro que le cambiaran de residencia por orden judicial. Ya me he cerciorado de que el seguro de responsabilidad del Ayuntamiento cubrirá cualquier demanda de los parientes de la víctima.

Es importante que tras leerlo, me diga si está de acuerdo en alegar lo que se explica en las páginas cuatro y cinco sobre su agresión de ayer.

El viejo Bardelli se tomó un largo rato en leer los documentos, releyendo varias veces las últimas tres páginas. Allí solo figuraban algunas de sus declaraciones iniciales y por contra, aparecían otras frases inconexas que bien sabía que no había dicho. Cada vez que terminaba de leer miraba a los ojos al juez, que descansaba sin moverse en su asiento. Finalmente, con un gesto de no estar convencido del todo le preguntó:

-¿Sugiere usted que me declare loco perdido?

El funcionario movió la cabeza afirmativamente.

-Claro que tendrá que fingir un ataque de ira un par de veces delante de los médicos y mostrarse desorientado y perdido de vez en cuando, si quiere usted seguir con su vida normal sin tener que ir a la cárcel hasta que cumpla los ochenta. Le medicarán y le recomiendo aceptar lo que le den al menos un par de semanas: luego finja que las toma y seguirá Usted controlando su día a día.

Ante la cara de disgusto e indecisión del anciano, el juez insistió.

-Piénselo: luego podrá seguir visitando a su hija y a sus nietos y paseando por los bosques, aunque sin pistolas, claro está. Ya ha cerrado Usted el círculo de la vida de cualquier hombre: descanse; la décimo tercera batalla del Isonzo la ganó Usted ayer.

Bardelli se recostó en su sillón y cerró los ojos durante unos largos segundos.

Cuando los abrió, volvía a sonreír.

-¿Porque hace esto, Señor Juez?

El joven no respondió de inmediato si no que rebuscó en su copia de la transcripción un párrafo en particular. Cuando lo halló, se lo leyó al anciano:

-”Los hombres de verdad somos desde niños el reflejo de los valores que le inculca su familia y su escuela. De adulto, nuestros actos reflejan lo que aprendimos, pero también de lo que hemos sido capaces de olvidar”. Señor Bardelli: Yo también me considero un hombre de verdad y entiendo sus razones como el resumen de una vida militar buscando un imposible, digamos que algo en exceso caballeresco. Firme Usted el documento y luego conectaré el magnetófono y comenzaremos su declaración otra vez, ciñéndose a declarar lo que le he entregado.

Bardelli entornó los ojos, pidiéndole más datos para entender todo aquello. Ya no se trataba de un asunto de desconfianza; solo quería conocer el por qué de aquella actitud tan favorable para él y tan temeraria para un funcionario judicial tan joven que sin venir a cuento, prevaricaba en su favor.

El juez se tomó un rato en ofrecerle una respuesta.

Con inmensa calma abrió un cajón de su escritorio y sacó una foto amarillenta muy vieja y se la pasó al anciano.

En ella sonreía quedamente un joven soldado austríaco con uniforme de enfermero.

Bardelli la miró y buscó los ojos de su interlocutor.

-Este era mi abuelo paterno, Hans Joseph Meyer, Sanitario de la Segunda Brigada del Tercer Batallón Alpino del II Ejército Astrohúngaro: usted le dio un balazo de los suyos en el pie izquierdo al final de la emboscada en el monte Dei Sei Busi y así logró volver a casa, hacerse médico y fundar una familia -el juez recuperó la foto de las manos del anciano y tras mirarla fugazmente, agregó:- Él siempre le bendijo a Usted.

Al viejo Bardelli se le llenaron los ojos de agua.

Las imágenes del abuelo Aurelio echado en tierra ajustándole el punto de mira vertical de su primer fusil, los ojos de Laretti mirando al vacío cuando ya la vida lo había abandonado, Simone hecho pedazos boca arriba en la nieve y los camilleros austrohúngaros recogiendo heridos sin temor a sus disparos, pasaron urgentes por su cabeza y llenaron su alma con el sentimiento profundo del deber cumplido.

Se levantó de su asiento y cuadrándose marcialmente frente al nieto de uno de aquellos enemigos a los que había admirado siempre, chocó los talones sonoramente mientras llevaba su mano derecha a la frente, saludando.

Solo entonces, el viejo guerrero se permitió llorar como nunca lo había hecho.

Afuera, la lluvia cesó de golpe.

( Dedicado a los antiguos alumnos del Instituto Escuela de Don Abad Henríquez que leyeron “Corazón” de Amicis. Al Ing. Enrique Pellerano Senior)