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CAPÍTULO VII

 -Al final de la Gran guerra me licencié del ejército y me marché a mi pueblo a trabajar la agricultura, pero la verdad es que las cosas no me fueron muy bien y por eso me presenté de reservista voluntario cuando estalló la última guerra tras vender la finca del abuelo Aurelio. Quizás tenía ganas de encontrarme con mi tirador alemán, aunque aquello se me demostró una majadería de las buenas: Tenía ya cuarenta y tantos y si bien el arte de los tiradores era aún el mismo, no me necesitaron ni como instructor, y ni siquiera me ofrecieron un puesto de cargador de fusiles… La única satisfacción de esa época fue saber que en los círculos de tiradores Alpinos se hablaba bien de “El Balazo del Calabrés Laretti”. -el anciano sonrió y suspiró lentamente, conforme con lo que decía. Miró al funcionario a los ojos, como buscando alguna señal de duda en su rostro- No me vaya Usted a juzgar mal: Nunca aclaré a nadie que Laretti fuese cabo primero de linea y nunca presumí de ser aquel tirador y tampoco hablé con nadie del tirador alemán herido que se me escapó. Yo me limité a convertirme en oficinista de ferroviarios y recalé finalmente en Frankfurt en el 1943. Cuando los italianos que estabamos en territorio alemán pasamos de ser aliados a ser prisioneros, me sacaron de las oficinas de coordinación de transportes de la Haufbahnhof de Frankfurt y me mandaron a los terrenos del cementerio del norte de la ciudad a recomponer paisanos destrozados por los bombardeos américanos e ingleses…Pasé de sembrar lechugas en Calabria a sembrar Frankfurt de sargentos, cabos y soldaditos italianos sin haber hecho ni un solo disparo en cuatro años. Antes de acabarse la guerra, me casé con una viuda alemana del cercano Hoffenbach y tuvimos una hija. Esa niña me permitió mantener mi trabajo en el Friedhof del norte una vez que terminó todo y ahí trabajé durante veinte años, hasta jubilarme. Hace unos doce años reorganizamos el Cementerio de Guerra Italiano de la zona de Frankfurt y volví a desenterrar paisanos para colocarlos en abanico frente al monumento que se erigió en su memoria…No había dÍa en que no recordara el trasiego de los camilleros austrohúngaros de nuestro desfiladero.

-¿Que dijo exactamente Smichdt para que Usted tuviera la certeza de que era el tirador que buscaba?

-Dijo haber servido como cazador en la Brigada Octava de Montaña del ejército de Von Below, haber logrado con sus disparos eliminar a un famoso Cabo Primero que tenía atrapados a un gran grupo de austríacos en el desfiladero del monte Dei Sei Busi y de haber sido condecorado por a quellas acciones..Esas fueron las verdades que dijo en aquella reunión.

-¿Y dijo algo más?

-Si, también dijo varias mentiras…Contó a todo el que quería oirlo que hasta que llegó su grupo a aquella hondonada, nosotros habíamos faltado a las reglas de la guerra, atacando constantemente sus aliados atrapados con obuses de gas mostaza. Luego aclaró que lo hacíamos para asesinar a los heridos que perdían en pocas horas la vista y la coordinación neurológica. Se atrevió a decir que, como los afectados por el gas temblaban como hojas, aprovechábamos sus convulsiones para tenr un blanco más que fácil. Dijo que los sanitarios en aquel desfiladero estaban entre nuestras víctimas preferidas y que aquello era un desastre hasta que él abatió al mayor asesino de todos: el tirador de aquella emboscada…Es decir; a “Fúlmine” Simone, creyendo que era yo.

-Entiendo.

-También mintió cuando dijo que eliminados el Cabo Laretti y su tirador, los italianos entraron en pánico y huyeron como conejos ante el empuje de los sitiados, que nos persiguieron hasta la llanura, más allá del monte, arrojando las armas y cagandonos de miedo.

-¿Y Usted no lo corrigió?

-Yo no me creía la suerte que había tenido de pronto al identificarlo. Me limité a moderar mi respiración como en los tiempos de tirador, y le hice una única pregunta para dar el asunto por zanjado…En aquel momento me contuve y pase por alto sus disparates y su odio para con los italianos y estoy seguro de que creyó realmente que yo no era más que un viejo extranjero y cobarde con el que cebarse a su antojo.

El juez se quedó esperando la pregunta conteniendo a su vez la respiración. Bardelli le sonrió con benevolencia.

-Me limité a preguntarle si no le habían herido en aquella batalla… y él me respondió que no.

-¿Y eso no lo hizo dudar?

-¿ Usted se cree lo que le dice un acusado del que sabe que miente como un bellaco? Por el contrario, eso me hizo comprender porqué gastaba esa peluca tan ridícula.

El juez ladeó la cabeza en señal de comprensión.

-¿Y el arma que usó para herir a Schimidt?

-Cuando al día siguiente mi hija me recogió en la residencia para que almorzara con su familia, tenía resuelto el final de mi batalla: esa tarde le pedí a mi yerno las llaves de su trastero y busqué en el baúl en que guardo mis cosas de la guerra una pistola Mauser Zig-Zag que me quedé de un oficial húngaro en 1918 y al día siguiente me fui temprano a mi paseo por el bosque cercano a la residencia para probar el arma. Así que al volver a la residencia entre directamente al salón principal, y allí, delante de un buen número de compañeros de vivienda, le arranque de un manotazo el peluquín al tal Smichdt … Cuando vi una larga cicatriz que le recorría casi toda la parte posterior de la calva, supe que no me equivocaba, que aquella herida llevaba mi firma y sin mediar palabra le metí un tiro en la rodilla izquierda y otro en la mano con que intentaba desarmarme…¡Ahora no podrá seguir presumiendo ante las viejas de la casa de bailarín y poeta como hacía cada miércoles por la tarde!…¡Como en el 15, el cabrón ni me vio venir.!..¡Dios bendiga la pólvora negra alemana!

-¡Vaya por Dios, Bardelli; actuó Usted con premeditación!

Bardelli se sonrió hasta carcajearse a su gusto. Reunió fuerzas para excusarse:

-¡Pero si se lo dije nada más comenzar esta declaración!

El joven juez dijo algo más pero las carcajadas del anciano no le dejaron terminar. Luego el anciano comenzó a toser y afuera volvió a llover con fuerza inusitada.

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