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El día 27 del segundo mes del año 601 de la vida de Noé, el Creador da la orden de que salgan del Arca gentes y animales.

Noé, agradecido por sobrevivir, tan pronto pisa tierra seca hace un altar en el monte Ararat y sacrifica en él a algunos animales. La pira de la ofrenda es tremenda.

Al creador le gusta el gesto y promete al anciano que nunca más borrará de la faz de la tierra al Hombre con otro diluvio, sellando un pacto de renovación del género humano con sus hijos y los hijos de sus hijos. En el paroxismo de su bondad, ordena magnánimo a esos pocos hombres a los que ha salvado que se enseñoreen sobre la tierra y que se reproduzcan hasta repoblarla.

Lejos de alegrarse por tanta bendición, un Noé casi colérico, increpa a Dios con inesperada familiaridad.

– ¡Me alegro de que te gustara la ofrenda, Oh, Padre mio, Dios Inmisericorde! ¡No son más que los cadáveres de todos los conejitos que hemos pisado durante este año de encierro! Agregué de motu-propio ocho ovejas muertas, tres terneros, tres mil doscientos pollitos y aproximadamente un millón y medio de cucarachas y ratones de campo, y paro ahí de contar. De las hormigas y otras sabandijas no te diré nada… ¡Imagínate que para encender la pira del altar usé las boñigas de los caballos y las vacas, porque arden que no veas, además de oler a descuido que te pasas!

Dios, un tanto perplejo, mantuvo un silencio beatífico, intentando entender a su corresponsal en la Tierra. Lejos de achantarse, el anciano continuó su memorial de agravios. Usó sus dos manos para advertirle al Creador que su natural delicadeza le impedía ir más allá en sus reclamaciones. Con un índice iba tocándose los dedos de la otra mano, en agrio recuento.

– ¡Tampoco insistiré en lo del olor a bestia sucia, de lo difícil de mantener un mínimo de higiene entre tanta pluma suelta y pelos de cuadrúpedos, del rollo que es dar de comer a tanto bicho varias veces al día y del calor insoportable de una nave con solo un ventanuco que está prohibido abrir! ¡Y si quieres verlo por ti mismo, échale un vistazo a la celdilla de los hipopótamos y los elefantes, y ya verás que lío! Ya te aviso que apareció por ahí un animal nuevo al que hemos bautizado como Mula, que nadie sabe bien de donde salió, pero que pienso yo, que la culpa es del puñetero burro que me endosaste… ¡Que desastre!

Dios mantuvo su actitud de jugador de póker buscando un full de ases. Noé siguió a lo suyo.

– Cuando vi a los animales desfilar por si solos hacia el arca, pensé que tu tenías TODO previsto pero veo que me equivoqué: se te olvidó decirles que no se reprodujeran y que no defecaran. ¡En menudo follón me has metido por ser bueno! ¿Tú crees de verdad que esas son formas de crear afición y respeto a tus mandatos entre la gente?

-Veo que estás cabreado, Noé -le dijo Dios con amorosa paciencia-. Aún así, te honra el sacrificio que me has hecho. Sigues siendo un ser justo y obediente.

El hombre escogido no se ablandó con las palabras del Creador.

-¡Ya te digo! Los animales que me has visto degollar son los que tenía repetidos, es decir; son los que han proliferado durante el encierro. Si no fuese así, al sacrificarlos estaría extinguiendo a alguno de ellos; que sería exactamente lo contrario de lo que me ordenaste.   -Noé hizo un gesto de querer cerrar de una vez la discusión-. ¡Y te advierto que como no tengo ganas de hacerte más reproches, ni de hacerme el chismoso, me abstendré de hacerte preguntas indiscretas acerca de los peces, los únicos bichos con los que no te cebaste con este jolgorio del diluvio! ¡Ya ves: fallaste en los detalles! Los desastres a lo bruto se te dan muy bien, pero yo te diría que afinar los detalles, lo que se llama afinar, no afinas lo suficiente!

El Creador sopesó por un instante lo que su Hombre decano en la tierra le decía y vio que tenía razón. Como tampoco era cosa de ponerse a explicarle a un labriego con ínfulas de almirante como Noé, lo complejo que resultaba llevar un Universo después de tu mismo haberlo crearlo, decidió no exponer inútilmente sus sagrados argumentos. Ignorar su pataleta también le facilitaba no tener que reconocer su error táctico y estratégico con los instintos básicos de los animales y, Omnipotente como siempre, se salió por peteneras.

– ¡Vale, Noé, te entiendo! Ahora te dejo, viejito: tengo que crear tres agujeros negros y varias estrellas gemelas en una lejana galaxia. ¡Que te vaya bien! -y, sin más, rompió la conexión etérea con el Patriarca, abandonándolo a su suerte.
El patriarca, satisfecho de haber puesto las cosas en su sitio, abandonó el altar y se marchó a bregar con animales como los perezosos y los koalas que se resistían a bajar del techo de la nave.- Mejor solo que mal acompañado- murmuró asiendo una larga vara para facilitarse la labor con los reticentes animales-. Si lo dicen por ahí: ¡Una cosa piensa el burro y otra el que lo apareja!

Su mujer, testigo mudo del desencuentro de su marido con el Creador, quiso tranquilizarlo con un suave comentario.
– No te enfades así, Noé…
La respuesta del patriarca no se hizo esperar.
– ¡¿Que no me enfade?! ¡¿Tú crees que lo que hemos pasado es para no enfadarse?! -preguntó a su vez iracundo, comenzando a cimbrear la vara-. ¿Y no eras tú la que más se quejaba ahí adentro, bonita? ¿Ahora que tengo espacio para no oírte, me dices que me calme? -insistió iracundo-.  ¡El Señor me ordenó enseñorearme sobre las bestias y me voy a enseñorear ahora mismo! ¡Vaya si me voy a enseñorear…!

La mujer no dijo nada y se apartó, dejándole entrar al arca esgrimiendo la vara. El jolgorio de imprecaciones y golpes que siguió a continuación en el interior de la nave, fue de traca. Después de la somanta de palos que Noé les dio ese día, tanto el perezoso como el koala además de lentos, tienen carita de tontos.

Noé tardó cuarenta días y sus noches en tranquilizarse.

EPÍLOGO
Está claro que, liberados por méritos propios de ulteriores órdenes de Dios, las cosas no le salieron nada mal a Noé y su familia: se adueñaron del planeta a su bola y copularon como conejos en arca, hasta que el gusto por fornicar y el disgusto de ver que empieza a llover se grabó en los genes de todos sus descendientes.

La saga se esparció por el planeta y cada uno hizo lo que le vino en ganas.

Trescientos años después, los tres hermanos volvieron a reunirse brevemente a la muerte de su padre, acaecida cuando tenía novecientos dos años de edad.

La reunión terminó de manera abrupta cuando se pelearon, porque Set insistió en prorratear con ventaja para él, los restos del arca que abandonaran en el monte Ararat. Pretendía quedarse con el sustrato fecal que habían dejado los animales durante su encierro para sembrar champiñones, dejándoles a Cam y Jofrat las maderas podridas.

Estuvieron a punto de acuchillarse entre ellos…Y Dios no hizo nada temeroso de que esas tremendas fieras le fuesen a reñir.