“ En pleno uso de mis facultades físicas y mentales, les informo a mis familiares y herederos que me lo he gastado todo” Testamento de Rico MacPato Ripollés, “Tío Gilito”.

El patriarca Noé era un hombre justo entre los justos. A la increíble edad de seiscientos años se distinguía por su fe constante en Dios, por sus hechos y por tomar decisiones llenas de justicia y ecuanimidad.

Anciano como pocos, seguía siendo una referencia moral para sus vecinos aunque pocos de ellos estuviesen dispuestos a seguir sus constantes soflamas pidiendo cordura y obediencia a la ley de Dios. Eso hacía que no tuviera muchos amigos entre tanto pecador.

El patriarca, consciente de que la maldad humana no tiene límites y que aquel estado de cosas no podía durar por mucho más tiempo, rezaba cada día al creador para que le mantuviera a él y a su familia a salvo de la oscuridad que corrompía al mundo.

El Creador oyó sus súplicas entre el pecaminoso barullo que asolaba al planeta y prestó atención a aquel insistente hombre de bien. Cuando vio que sus oraciones estaban llenas de buenas razones, decidió intervenir con la fuerza y violencia que sólo las deidades pueden desplegar y decidió acabar con la humanidad, ese incómodo ensayo emanado de su propio amor que insistía contumazmente en desviarse de la vida plácida que Él le había ofrecido desde el instante mismo en que la pensó. Sin dudas la humanidad era un gran desperdicio de inventiva divina y el Creador, en una segunda revisión del nuevo proyecto de hacer del mundo una tabla rasa, decidió salvar de la hecatombe a los seres que mantenían aún un mínimo grado de afinidad por su idea inicial. Decidió salvar del castigo a los animales, sometidos por su condición de esclavos del instinto y a Noé y su estirpe, hombres justos y ceñidos a su plan de gozar la bendición de la Creación.

El plan era sencillo: después de un gran desastre, todo comenzaría de nuevo y se renovaría en una maravillosa recreación de la primavera, otro de los milagros del Señor que gozaba de su más profunda simpatía.

Para que la lección que se proponía dar a sus hijos díscolos fuese útil, al Creador le resultaba imprescindible hablar con aquel hombre que aún se dirigía a Él con frecuencia y respeto.

Dios habló con Noé a través de un sueño.
En él le indicaba sus nuevos planes para el mundo y le especificó cada detalle de lo que esperaba de su familia, sin dejarle ni el más mínimo resquicio para evadir la responsabilidad que le endilgaba.

Noé no pudo hacer otra cosa que tomar buena nota de las palabras de Dios y al despuntar el alba, se puso a trabajar denodadamente, comenzando por reunir a sus hijos Sem, Cam y Jafret y encargarles la construcción de un enorme barco de madera de ciprés, con múltiples celdillas, una sola ventana en la cubierta y con las medidas exactas que había soñado.
El proyecto no levantó demasiado entusiasmo entre los convocados.
Cam, único de sus hijos que tenía ligeras nociones de lo que era un barco por haber viajado hasta el lago Tiberíades en una ocasión, intentó explicarle a su padre que construir un navío de aquellas dimensiones sería una labor de años y cuestionó la navegabilidad de un armatoste de ese tamaño.
Jofret el más joven y ágil de los tres, preguntó con preocupación si le tocaría a él atrapar una pareja de bestias de cada tipo, porque le parecía un trabajo imposible e inútil.
Sem, el primogénito y heredero de toda la fortuna familiar según la ley, no dijo nada porque aquel descabellado proyecto no hacía más que incrementar el patrimonio a percibir por él en un futuro. Pragmático, pensó que si su anciano padre moría antes de acabar el barco, siempre podría vender la madera.

La conversación cayó en un impasse.

El anciano desplegó todo su carácter. Miró ceñudo sólo una vez a ambos hijos disidentes y les propuso abandonar el proyecto con dos simples palabras:
-¡Pues ahógense…!
Los hijos de Noé comprendieron que el anciano hablaba muy en serio y se avinieron a cooperar.

Enrolados en el proyecto mitad por respeto y mitad por si las moscas, los tres se dispusieron a aceptar las indicaciones de su padre, no sin que el silencioso y sagaz Sem se cerciorara a fondo de que la aventura no alteraría el status quo familiar:
-¿El Creador te aseguró que las aguas bajarán algún día? -preguntó a su anciano padre poniendo cara de tener un interés puramente anecdótico, que no logró disfrazar su constante cálculo económico y deseos de ceñir las decisiones familiares a sus futuras conveniencias.
-Sí, bajarán -respondió el anciano con gesto de fastidio-. Y si fueras un poco menos avaricioso y tacaño, entenderías que al ahogarse todo bicho viviente, tu herencia no puede caer en manos extrañas. De hecho, toda la tierra será para nosotros y nuestros descendientes…Tu verás si el negocio te conviene o no.
Lo contundente de la oferta los convenció y los hijos de Noé se lanzaron raudos a comenzar sus labores.

Era el día 2 del primer mes del año seiscientos de la vida del Patriarca.

Capítulo II