EN SU CONDICIÓN DE…

Ecologista tenaz y sintiéndose enfermito, Marcelo pidió que a su muerte lo incineraran, pero luego pensó que contaminaría el aire al hacerse humo. Por eso cambió pronto de idea y pidió entierro en un ataúd de pino sin barnizar, pero le pareció que aquello no era tan pedagógico como su historial requería y que a muchos de sus compañeros les parecería un ejercicio a medias de falsa modestia.

Pensó entonces en un ataúd de cartón, a pesar de que los ácidos de ese material mil veces reciclado le preocupaban. A la semana siguiente, después de googlearse los aspectos químicos del asunto, se decidió por un sudario de lino natural, que resultó demasiado caro, difícil de conseguir y sin trazabilidad suficiente para fiarse de su pureza.

Ante la nueva situación, pidió en última voluntad que lo enterrasen en el campo, sin más, para servir de abono a los árboles del bosque.

Sus cuñados -que no le olvidan porque sigue vivo- hartos de sus devaneos funerarios y llamadas al reciclaje feroz, compraron entre todos una sierra mecánica movida por gasolina y tres cubos enormes de plástico para su último traslado a algún Parque Nacional.

-Recordad: Lo orgánico, al cubo gris- dijeron entre cañas de cerveza bien fresquita.