En su condición de conductor veterano del 571 con 35 años de servicio, pidió que su entierro hiciese su ruta completa desde la cabecera de linea hasta su final, a las puertas del Cementerio Municipal.

Le hacía una ilusión tremenda  pensar que esta vez no tendría que maniobrar violentamente para detener su bus en la puerta del camposanto, en una zona estrecha en la que el pavimento siempre estaba deteriorado y el tráfico impedía hacer otra cosa que parar en seco. Hacía años que frenar el autobús y escuchar las quejas de los pasajeros, eran una sola cosa, que él intentaba acallar con el preceptivo anuncio de “Parada Final” a viva voz.

Nunca imaginó que sus compañeros, como postrer homenaje, lo arrojarían en la sepultura desde un metro de alto al grito de “Fin de la ruta, Manolo”pensando que el símil del frenazo le habría gustado. Al fin y al cabo, aquello de parar violentamente en el cementerio era una rutina y Manolo tenía pinta de quedarse allí para siempre.