Aquel andaluz amaba todo lo chino. Hablaba tres de los dialectos del país y sabía la historia de los Emperadores. Databa el arte chino de un vistazo y recitaba poemas en cantonés. Sin embargo, en Peking pedía que lo llevaran a una tasca donde hubiera croquetas de jamón serrano y vino fino entre ataques de nostalgia, mientras que estando en Sevilla, solía comer cada día un 37, un 21 y un rollito de primavera. Lo apodan “Min-yu-fu-ying”: “El Sublime Tocapelotas”