Aviso para navegantes: Ramírez y su gallo Doble U es un relato que surge de dos grandes lacras sociales de Hispanoamérica: los caudillismos políticos y el machismo.

•Ambos vicios son de mayor incorrección política cada día, lo que afortunadamente los llevará pronto a su extinción, si a mitad del camino recorrido no nos seduce algún nuevo canto de sirena.  De nosotros depende todo.

•Es una historia de gente común de finales del siglo 19 en el centro de media isla del Caribe, por lo que juzgarlos se vuelve inútil, como inútil resultaría actuar como ellos hoy en día.


 

“Lo que NO dice el Génesis, es qué maniobras hizo Eva el millón de veces que Adán se negó a comer la manzana, antes de desobedecer finalmente a Papadios… Obviamente, Eva lo obligó a sufrir falta de sexo, porque fue comerse la manzana y hasta los echaron del motel Paraíso que era para ellos solos por escándalo público… Hermano, desengáñese: Las leyes que un hombre obedece o ignora durante su vida, provienen de tres inmanencias del eterno femenino: primero el hombre obedece a su madre, luego coge lucha de sus mujeres e hijas y,  por último, soporta a la enfermera agria que le toca en el hospital, a la hora de guindar los Convers.”

 Ramón “Kant” González , Libre Pensador Neoalcohólico de colmadón. (Comunicación personal)

 

I

El hijo de Julio el pulpero llegó como si lo persiguiera un bacá; corriendo a grandes zancadas y haciendo ruidos guturales.

Rafelo Ramírez lo miró como el que ve llegar una desgracia.

-Que dice el Coronel Cipriano, que te presentes ahora mismo en la gallera con el gallo Lilís; que quiere echárselo a un pollito de mierda que han traído unos de La Vega.

Ramírez se quedo unos segundos en silencio sin dejar de mirar al muchacho, que día a día se ganaba con este tipo de carreras urgentes una merecida fama de mensajero atronado.

Volvió a meter la mano en la bolsa de lona donde guardaba el maíz, y comenzó a alimentar con parsimonia a las gallinas que lo rodeaban; como meditándose una respuesta. Tras lanzar tres breves puñados del grano, le habló al muchacho con voz pausada:

-Dímele al Coronel, que el gallo no se llama Lilís, si no que se llama “Doble U”, y que no esté bien como para ponerlo a pelear hoy… Él sabe bien que el domingo pasado le dieron un espuelazo debajo de un ala y que todavía la mueve con dificultad. Ese gallo no puede pelear hoy -recalcó- Dile que tuve que coserle la herida y habrá que esperar que le vuelvan a crecer los cañones para echarlo a pelear.

-Esa vaina no le va a gustar, Don Ramírez. Yo se lo digo, pero al Coronel no le va a gustar- le advirtió el mocetón, comenzando a marcharse mucho más despacio de lo que había llegado. Era la viva imagen del embajador que temía un castigo ante el fracaso de su encargo.

-Recuérdale que el gallo se llama “Doble U” y no Lilís –le repitió Ramírez con voz firme, decidido a poner cada cosa en su sitio.

El gallero vio al muchacho torcer por la cercana esquina de la vivienda vecina y se giró, metiendo la mano en la bolsa de lona otra vez. Fue entonces que sintió la presencia de Dorita, su mujer, y se convenció de que sus problemas no habían hecho más que comenzar.

-¡Rafelo; mide bien tu vaina! –Le espetó la mujer, interrumpiendo su labor con las gallinas – El Coronel es el jefe de este pueblo, y si te llama, tu tienes que ir… Llévale el jodido gallo y obedécele.¡No te busques una desgracia!

Ramírez suspiró con enorme fuerza, reprimiendo las ganas de hacer recaer sobre su pareja la rabia que comenzaba a atenazarle.

La cosa venia de lejos: le reventaba la jodida costumbre de sus convecinos de politizarlo todo, lo que hacía de sus conversaciones una inagotable fuente de disputas. En el colmo de aquel vicio, hasta el nombre de su mejor gallo de pelea había llevado lo suyo.

Lo había explicado un millón de veces: su gallo prieto se llamaba Doble U. Primero, porque esa letra parecía un par de espuelas de buen gallo, y segundo, porque le daba su real gana.

La suerte y la manía de bordear siempre la política de sus vecinos habían convertido a su tercer gallo de nombre “Doble U” simplemente en el gallo “U” y luego en el gallo “Lilís”, por obra y gracia de la memez ciudadana. El primer cambio no le pareció del todo mal a Rafelo porque pensó que la cortedad intelectual y analfabetismo rampante de sus convecinos no les permitía mayores esfuerzos. Nunca soñó que esa simpleza inicial llegaría tan lejos como para desvirtuar el sagrado derecho de un gallero a bautizar a sus animales como quisiera.

Estaba claro que en un pueblo de Moca, cualquier cosa era posible.

A la tercera victoria del gallo “Doble U”, a alguien se le ocurrió que la “U” provenía de la admiración de su dueño por la figura del dictador de turno, Ulises Heureaux, alias Lilís, ya que el color negro profundo del plumaje del bicho era acorde con el de la piel del político en el poder.

Ramírez, fiel a su apoliticidad extrema, intentó una y mil veces cambiar aquel designio popular con reiteradas explicaciones, que eran recibidas con sonrisas pícaras de los galleros dándole a entender que no lograría con eso disimular su supuesta inclinación por el régimen.

Y el entuerto ganó vida por si sólo: A pelea ganada, explicación inútil del dueño del animal y nula aceptación de sus razones. La cosa se encalló cuando un domingo se le acercó el Coronel Cipriano, amo y jefe lilisista de la comarca, a piropearle al campeón y a advertirle que tanto alegato por una puta confusión de simples letras, podía provocar malestar profundo en las más altas instancias políticas del municipio. La advertencia no resultó exagerada para los presentes en la gallera, porque era evidente que se refería a sí mismo y a su revólver Smith y Wesson del 38 largo.

-¿Tu ves, Ramírez? Yo también tengo una “Doble U” en este hierro – le había dicho el cacique en plena embriaguez, mientras sacaba el arma y la acariciaba lúbricamente en la misma cara de Rafelo- ¡Así que deja de fuñir con la vaina esa y dedícate a ganarme muchas peleas con Lilís!

Hasta ahí, iba la cosa política. Pero no era lo único torturante para Ramírez.

Lo que mas molestaba a Ramírez era que su mujer Dorita había sido testigo de las palabras del ex guerrillero metido a autoridad, y desde ese día era como la voz de la conciencia de su yo mas lejano y más pragmático; aquella voz torturante que te pide humillarte cuando quieres avasallar, que te pide reflexión cuando quieres actuar sin pensártelo y que te pide moderación, cuando lo que quieres es pasarte de la raya.

Ramírez aún no sabía qué motivos impulsaban a la mujer a darle tantos consejos. Podría ser por la marcada simpatía de su familia por Lilís o tal vez por miedo a que el Coronel se cebara en él, pero Ramírez temía que se debiera a una retorcida sumisión femenina a la elegancia del político, que además de hombre de acción contaba con una merecida fama de amante impetuoso e incansable, agresivo y borrachón.

Las dos o tres veces que había pensado en el asunto, el buen hombre se había sentido en desventaja, pues por más que se afanaba, él no entendía la política, no salía de gallero modesto, ni había logrado pasarse una noche entera dándole al fornicio por más que su hembra le gustara.

Eran tiempos raros para el matrimonio, aunque no siempre había sido así.

Estaba claro que el cambio de residencia que los había llevado desde Santiago a las cercanías de Moca, no le había gustado a Dorita, que incapaz de argumentar buenas razones para su inconformidad, había tomado el camino fácil del enfado permanente y una acidez de carácter de lo mas temeraria. Ramírez pensaba que la falta de hijos después de tres años de convivencia tenía mucho que ver con tanta melopea y tantas discusiones.

Puestas así las cosas; la mujer le fue dejando señales de que ella, con esa capacidad innata de algunas mujeres para perderse por un detalle que haga daño al marido al que desprecia, se había enajenado por la fama de semental de aquel mujeriego irresponsable, abusador y criminal del coronel Cipriano.

Tras unos meses de calma tensa, un buen día, harta de barrer plumas de gallo de la cocina, Dorita le había declarado la guerra psicológica a su marido, haciendo que la relación se viniera abajo como una estrella fugaz. Al día siguiente de la mas grande discusión de la pareja, Ramírez se sorprendió al ver a su mujer rondando por la pulpería del tal Julio, cuartel general del coronel y banca gallera en la que se cruzaban las apuestas de las peleas.

Desde ese día, cada vez que Rafelo se encontraba con la gente del Coronel o con él en persona, sentía una mezcla de miedo y odio irracional que le calentaba las orejas y lo llenaba de rabia. El gallero se sentía ridículo en aquel medio rebosante de borregos, donde solo él parecía abogar por las cosas consensuadas y el comentario comedido.

Cuando su gallo ganó la décima pelea oficial en la provincia de Moca, el ánimo de Ramírez se liberó al fin de parte de sus cadenas, pues el amenazante coronel lo había hecho víctima de un engaño indigno de quien se mueve entre gallos de pelea: Cipriano le instó a echar a Lilís contra un animal que le superaba en envergadura casi por un palmo, prometiéndole que la mitad de la apuesta que había hecho sería para mejorar su traba y buscar nuevos cruces de animales campeones por todo el Cibao Central.

Movido por la interesante oferta, intentó unirse a su enemigo en vez de combatirlo.

Ramírez preparo esmeradamente a “Doble U”, Cipriano apostó ocho pesos, el gallo “Doble U” ganó en minuto y medio y el coronel deshizo su promesa en menos tiempo aún, alegando que con ese campeón en el patio, Ramírez no necesitaba buscar nuevos peleadores.En el colmo del abuso, le notificó que el dinero que había ganado lo necesitaba para pavonar una pistola nueva y le prometió que algún día le daría algo de premio, siempre que de su traba siguieran saliendo campeones como aquel “Lilís”.

El orgullo herido hizo que desde ese día Rafelo, comenzara a dar otra vez su sabida explicación sobre el nombre del bicho, y que dos días después, en plena vorágine de reproches conyugales, le atizara una única y sonora bofetada a Dorita, cuando la mujer tildó de inmoral su actitud de desprecio por Cipriano. Lo peor de todo fue que el comentario hiriente de la mujer vino mientras el gallero intentaba prolongar el gozo de tenerla bajo él casi a la fuerza, buscando una preñez que lo librara de sus propios temores.

Ahora, con el aviso traído por el hijo del pulpero, la mujer volvía por sus fueros despreciando intencionadamente todo lo que pudiera pensar su marido.

-¿Tu quieres otro tabanón de lado a lado? -le disparó él sin más, zambulléndose en la certeza de que aquel sería un mal día- ¿Tú vas a seguir diciéndome pendejadas, o que?

La mujer lo fulminó con la mirada y volvió a entrar en la casa, rezongando por lo bajo y dando una patadita al suelo como si hirviera por dentro.

Rafelo se imaginó que Dorita acababa de lavarse las manos en el asunto y que podía dar por perdido el poco afecto que ella le pudiera tener aún. Nunca había sentido tan lejana a aquella desaprensiva y majadera mujer.

– ¡Qué fácil es azararle el día a la gente tranquila en Moca, María Santísima! -se dijo entre dientes.

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