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II

El hijo del pulpero volvió doce minutos después.

-Qué dice el Coronel que: o vas con el gallo ahora mismo o viene él a buscar a Lilís. Que le da tres pares de cojones lo que tu digas y que él necesita a su campeón ya. Que tú verás lo que haces si sabes lo que te conviene.

-¡Su campeón¡ -pensó el gallero, indignado a más no poder- ¡Hay que joderse!

Ramírez no dijo nada y tragó en seco. Por el rabillo del ojo vio el celaje que dejaba su mujer al esconderse tras el ventanuco buscando enterarse de lo que no debía incumbirle. Se aproximó al muchachote y poniéndole la mano en un hombro le hablo en voz baja y casi con cariño.

-¿Tú viste el gallo de los veganos? -le preguntó.

El chico asintió, un poco asustado por aquel extraño acercamiento del gallero.

-¿Es bueno? – el otro volvió a asentir.

-¿Es uno que es cenizo y con las espuelas grises, verdad?

El chico abrió los ojos dando a entender que se trataba de un animal de mucha calidad, bien armado y con el plumaje grisáceo.

Rafelo le soltó el hombro, mientras suspiraba.

Aquello no parecía tener remedio

–Vas a ir y a decírmele al coronel, que voy ahora mismo. Vuelve dentro de un rato, que mi mujer querrá apostar por mi gallo, aunque ahora está tan encojonada conmigo que no dudo que quiera apostar por el gallo de los veganos… Tú has lo que ella te diga, para ver si aprende de una vez que los gallos son cosa de hombres. Además, el dinero que te dé en apuesta es suyo, y a mi me da igual que gane o que pierda. Ya tu sabes, atronao: si haces lo que te digo, después te daré un peso oro. ¿De acuerdo?

El chico volvió a asentir y salió disparado hacia el almacén de su padre.

Rafelo sabía que allí estaría casi todo el pueblo esperando la respuesta, y pensó que por la cara de alegría que llevaba el atronado se sabría de lejos que aquel era un jueves especial, porque sería un jueves con pelea del gallo Lilís.

Ramírez entró a su casa y sin mirar siquiera a Dorita, le explicó lo que se proponía hacer.

-Voy a la gallera con el gallo “Doble U”. Ese animal está casi muerto, pero el imbécil de Cipriano quiere que se lo eche a lo que él llama un gallo manilo sin casta al que le pondrán zapatones… Pero lo que él no sabe, es que ese pollo vegano debe ser uno que ha sido campeón de su provincia como seis veces. El coronel se cree que sabe de esta vaina, pero aquí el que más sabe soy yo. Si pierde mi gallo, yo también soy hombre muerto.

La mujer lo miró un tanto extrañada. Rafelo siguió a lo suyo.

-Seguro que si pierde dinero, Cipriano me llama al galpón de la pulpería y me da cuatro balazos, tal y como ha hecho con todo el que se le ha cruzado de por medio en los últimos dos años. Mira a ver que vas hacer tú si la cosa se tuerce. Yo no soy hombre de armas y no podría ganarle un duelo a Cipriano. Vivimos en un país sin ley en el que cualquier criminal del gobierno te asesina por capricho y luego alega defensa propia.

La mujer abrió la boca como para reprocharle una vez más el negro destino de sentirse enfrentado al cacique, pero Rafelo le exigió con la mirada que calculara bien sus palabras. El hombre pensó con pena que aquella cabeza no contenía más que telarañas porque había que ser muy bruto para no entender que las cosas se escapaban a su control, avasallado por la impertinencia del político.

Dorita se mantuvo en silencio, pero puso cara de resignada esperanza y eso no hizo más que amargar al gallero un poco más. Las malas lenguas decían que Cipriano no dejaba a una mujer viuda, sin luego velar por su futuro aunque fuera una sola noche, en una de sus largas y agotadoras noches de cama rota.

Rafelo, en un momento oscuro de sus pensamientos, se imaginó que Dorita encontraría mejor cambiar un trabero por un político.

-En la lata del jabón hay cinco pesos guardados para mi entierro…-le dijo de pronto-. No los malgastes.

-Ah! -exclamó al fin la mujer, con gesto de desprecio- ¡Pero té estas entregado, ya! ¡Diablo, Rafelo, pero yo no te conozco!

El hombre se limito a hacerle una mueca de impotencia y se calló decirle que ni él mismo había reconocido lo que se iba formando en su interior en los últimos cinco minutos.

Con pasos lentos, pasó al patio trasero a preparar al animal y ya allí lo sobó, lo traqueó brevemente, lo salpicó con un buche de ron, lo sopesó, y se lo cuqueó al pollito Huracán que aspiraba a sucederle en la traba, constatando con tristeza la pérdida de fuerza y de velocidad de Doble U.

-Cuando tú no puedas más, entonces será mi turno de pelear -le dijo mirando a los ojos del animal-. Solo que quizás yo no dé tanto juego como has dado tú.

Sin pensárselo más, lo metió en la funda de una almohada para transportarlo a la gallera.

 Mientras caminaba hacia la gallera, Ramírez fue formando en su interior una nube oscura como la noche, que lejos de emborronarle el ánimo, le fue abriendo  una a una las puertas que su vida de gallero humilde había logrado clausurar durante años. Dejó de pensar en lo injusto de su situación y se concentró en mantener una apariencia digna.

Cuando llegó, evitó a un grupo de gente que le esperaba en la puerta, y pasó lo mas rápidamente posible al círculo central del modesto coliseo. Allí sacó a su gallo, adoptó una actitud pensativa mientras amagaba a soltar el gallo para retenerlo inmediatamente por las plumas de la cola, practicando el arranque que le había dado fama hasta dejarlo correr un poco por el redondel de arena. Cualquiera que supiera de gallos, vería con tan solo un vistazo, que “Doble U” no estaba en forma para dar buen espectáculo.

El foro se fue llenando de gente que hablaba del gallo Lilís con orgullo y entusiasmo, dejando los mejores asientos centrales para Cipriano y su gente, que serian los últimos en llegar. Cuando el coronel llegó al fin acompañado de los veganos visitantes y su animal de pelea, los asistentes comenzaron a corear el sobrenombre del campeón local, para darle ánimos al bicho y adular al político borracho y amenazante. Cipriano saludó a la pequeña multitud quitándose el sombrero y extendiéndolo con gesto de emperador romano hacia el redondel. Después acalló el ruido con gestos, hasta que su voz pudiese ser escuchada por todos.

-Ramírez –gritó- ¿Está listo nuestro campeón?

-Coronel -le contestó el trabero, alzándose en la arena con el gallo en las manos-, su campeón esta más listo que nunca… Hoy es su día.

El coronel sonrío y se atusó el fino bigote de guías con que sacaba suspiros a las mujeres y comenzó a aplaudir. Se alzó entonces una enorme algarabía y comenzaron a cruzarse las apuestas entre los locales y una docena larga de visitantes que conformaban el séquito del gallo de La Vega.

Un solitario desconocido bajó con una funda de almohada azul al ruedo, y tras unas pocas maniobras, dejó libre al adversario de “Doble U”, un ejemplar cenizo soberbio. Lo zarandeó, lo sobó, lo hizo correr un poco, y antes de lo esperado, lo declaró listo para la pelea.

El foro se calló de repente mientras los entrenadores de los animales cruzaban unas palabras en voz muy baja, inaudible para la multitud.

-Conque éste es el famoso Lilís -murmuró el vegano a Ramírez, que lo miraba directamente a los ojos- Prieto si que es; pero no parece tan fiero.

-Éste gallo era todo lo fiero que a usted le han dicho- respondió Rafelo-. Y nunca se ha llamado “Lilís”. Se llama Doble U, pero a este coronel le ha cogido con decir que es suyo y que se llama como su jefe, y ya me tiene hasta los cojones con el tema…

El vegano pareció sorprendido del comentario, y manteniéndole la mirada a Rafelo, se dio por enterado del disgusto que encerraban sus palabras.

-¡Ah, pero a usted no parece que le guste este coronel!

-Ni este, ni muchos otros. Yo no brego con políticos.

-Pero hay que tener un líder…

-Yo no tengo ninguno. Ninguno ha hecho por mí nada que merezca mi gratitud. Si eso pasara algún día, habría que ver qué me va a pedir después ese líder. Yo soy un hombre serio.

-¿Palabra de gallero? -preguntó por lo bajo el visitante.

– Como si fuera una apuesta -le respondió el otro.

-Suerte, amigo -murmuró con tiento.

-Que la tengas tu toda. A mi ya se me acabó.

El final de la breve conversación dio paso a un animoso estruendo, que marcaba el inicio de la pelea. Ramírez vio con el rabillo del ojo, cómo el hijo de Julio el pulpero le hacia una seña de que había hecho lo que le había pedido y que por lo tanto, le debía un peso oro.

Ramírez no movió ni un músculo de la cara en lo que depositaba rápidamente a su gallo en el centro de la arena, al mismo tiempo que el vegano soltaba a su fiera ceniza.

Los animales se buscaron como rayos y Ramírez no había sacado los dos pies del circulo, cuando un grito apagado y mil maldiciones cayeron desde la grada.

Al girarse, vio a su gallo “Doble U” aleteando frenéticamente, mientras su cuerpo escorado sobre su ala derecha, giraba entre convulsiones, intentando encontrar a qué asirse con las patas mientras la vida se le iba. El cenizo vegano aleteaba a su lado entre picotazo y picotazo, sacándole los ojos, abriéndole el buche con enorme saña, mientras lo incitaba, con la corona engrifada, a seguir peleando.

Un silencio terrible se abatió sobre la gallera y todos los ojos se dirigieron hacia el Coronel Cipriano.

El hombre parecía absorto en la escena, y su mano derecha sujetaba una guía del bigote, congelada en medio de un gesto maquinal. El cenizo forastero lanzó su mejor canto para escarnio del público local.

Después de eso, volvió el silencio sepulcral.

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