El joven no entendía porqué le exigían que resolviera ese asunto tan turbio en el que no había participado de manera alguna. Pensó en lo injusto de que se lo pidieran a él, inocente en aquel incidente. Hastiado, comprobó que todo estaba perdido y decidió callar como harían los otros. Firme en su actitud de hundirse junto a sus compañeros, pasó a la siguiente página del examen de álgebra y dejó atrás aquella maldita ecuación con dos incógnitas. Total, según el enunciado, daba cero.