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III

Cipriano se puso en pie de repente, y señalando con furia inusitada al gallo que aún temblaba con espasmos cada vez más lentos, le gritó al solitario gallero que permanecía aun a medio salvar la valla baja del circulo de arena:

– ¿Y que mierda de animal es que tu has traído, Ramírez? !Esto es una vergüenza para este pueblo!

Rafelo supo que había llegado la hora negra. Le sostuvo la mirada del cacique y de toda la grada y volviéndose a medias hacia su interlocutor, le respondió con calma:

-Ese es su campeón “Lilís”, mi coronel… A mi también me parece vergonzoso. Está visto que ya se le acabó la suerte.

-¿La suerte? -gritó Cipriano-. ¡A ti si que se te acabó la puta suerte, charlatán!

Rafelo se sonrío con gran coraje.

– ¿Y a quién no se le acaba alguna vez, jefe? -le espetó sin pensarlo dos veces, entre las caras de profundo terror de la multitud.

Los únicos que se movían eran los veganos que respetuosamente recogían sus cosas sin mostrar mayor alegría y se iban acercando a los hombres con los que habían cerrado apuestas, con la sagrada intención de que no se les escapara nadie sin pagar.

Cipriano miró con profundo odio a Ramírez por lo que pareció una eternidad y luego con voz peligrosamente clara y lenta, le citó en su campo de batalla particular.

-Te espero a las tres en el galpón de la pulpería de Julio y ya hablaremos de esto -dijo mientras sacaba la billetera para arreglar con el vecino de al lado, un vegano elegante y caballeroso, la gran apuesta que había hecho con él-. Eso, si eres bastante hombre como para presentarte ante la autoridad.

Ramírez se acercó a “Doble U”, que al fin había expirado y lo cogió con cariño y respeto, pero sin dejar de sonreír con gesto de callada resignación. Cuando levantaba al animal, se le acercó el traqueador vegano, con el cenizo triunfante en las manos.

-¿Que es eso del galpón? -le preguntó.

-Eso es un desafío, un duelo a muerte. Otro abuso de ese cabrón… El día que el coronel Cipriano pierde dinero, reta a un duelo a quien considera responsable; lo cita en el galpón de la pulpería y nada mas entrar su enemigo, abre un pote de ron y se pone a insultarlo. Dicen que cuando ya se ha bebido la misma cantidad de tragos que pesos haya perdido, se levanta de pronto y le mete cuatro o cinco balazos a su oponente. Claro, ya a esas alturas, su contrincante esta tan ofendido que no duda en reaccionar y defenderse. Dicen que es una liturgia, como una manía, pero es para poder alegar que el otro lo atacó. La gente se para en las ventanas para ver el duelo. Yo mismo me he parado un par de veces, y ya usted ve: hoy me tocará a mí.

-¿Y tu vas a ir?

El otro asintió.

 -No puedo dejar de ir. Todo el pueblo me estará acechando, porque ellos también perdieron su dinero en esta pelea. Cipriano tiene razón en una cosa: A mi ya se me acabo la suerte… Ahora me gustaría que todo esto fuera por política y no por dinero -suspiró otra vez-. Ha sido un placer conocerle, amigo.

-Salga pitando para La Vega si usted puede, amigo. Creo que ese hombre apostó diez pesos con mi jefe -le aconsejó el forastero apretando su mano con rapidez profesional-. En Jarabacoa pregunte por Emilio el gallero, que él me lo comunicará.

-No vale la pena huir.

-Piénseselo- insistió el otro, girándose para marcharse.

Rafelo atravesó el pequeño pueblo, entre las miradas furibundas de todos los hombres, que en sus comentarios lo consideraban ya un cadáver tan muerto como el gallo prieto que colgaba en su funda. Hablaban con excitación sobre el espectáculo que aun les faltaba por ver en la pulpería, en pocas horas, mientras los veganos arreglaban sus monturas entre comentarios más jocosos y felices que en la gallera, disponiendo todo para su marcha. Ramírez caminaba sin mirar para los lados, evitando darle el frente a los que antes le saludaban entre parabienes cada domingo, cuando “Doble U” les había permitido ganar unos centavos con sus espuelas.

Al llegar a su casa, se encontró la comida puesta y a Dorita elegantemente arreglada para ser un jueves, y sumida al fin, en el más reconfortante de los silencios. Comió con calma, se metió en su habitación, sacó un anticuado revólver de detrás de sus ropas, lo revisó y echo un vistazo dentro de la lata de jabón que le servia de alcancía; tras lo cual, se acostó a descansar, cerrando los ojos para evitar la luz.

Pensó en su gallo y se prometió cambiar de nombre a su próximo campeón, si era que el destino se lo permitía.

Permaneció así por largo rato, intentando ponerse de acuerdo con sus sentimientos. Ya no sentía miedo, ni resentimiento; lo que sentía era cansancio de no ser escuchado y mucho menos entendido. Sus pensamientos se fueron destilando poco a poco hasta quedar concentrados en una sola y decisiva determinación: la vida anodina en que intentó refugiarse durante años, estaba a punto de terminarse. Aunque Cipriano le diese solo unos pocos minutos más, se sintió capaz de gastarlos uno a uno como un verdadero hombre.

Cuando faltaban minutos para las tres, se levantó, se afeitó la barba sin tocarse el incipiente bigotillo, se vistió con su único traje, se colgó el revólver al cinto y salió de la habitación.

Dorita no se inmutó al verlo así, pero aprovechó para hacerle dos comentarios de lo más suyos:

-¿Y tu piensas pelearte con ese fiera con ese revolvito de pipiripao, mas viejo que el andar a pie? -Rafelo no dijo nada, y la mujer se ocupó de algo más práctico-. Y si te mata con esa ropa puesta ¿con que traje te vamos a enterrar? Tú nada más me buscas problemas, Rafelo.

El hombre se sonrío con la mejor de sus muecas.

-No me entierres, desgraciada; deja que me seque al sol y échame de carnaza para los pollos. Y comienza por hacerte un favor a ti misma: ve y arregla la cama, que la habitación esta hecha una pena -dicho lo cual, salió sin mirar atrás.

Cuando llegó a la esquina de la pulpería, se sorprendió de ver los caballos de los veganos amarrados al framboyán de la acera de enfrente, y pensó que permanecían en aquel pueblo con el único objeto de verle morir, tal y como vieron caer a “Doble U”.

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