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IV

Una muchedumbre de gentes del pueblo lo siguió como si se tratara de un profeta: guardando las distancias y cuchicheando sobre su próximo fin.

El coronel Cipriano lo esperaba en el fondo del almacén, sentado en una silla, con los codos apoyados en una pequeña mesa que servia de estrado para sus fingidos juicios, a la vez que le protegía la entrepierna de los posibles ataques de sus condenados.

Sobre la mesa, se hallaba un vaso de cristal azul y la botella de ron que actuaba de libro de actas. El coronel hablaba en esos momentos con uno de sus hombres en voz baja y éste se sonreía con la seguridad de que aquello era asunto de unos pocos minutos.

Rafelo entró y el coronel ni se molestó en mirarlo durante un largo rato, hasta que Ramírez tuvo la osadía de interrumpir su conversación con voz airada:

-Si me va a atender, ya me tiene aquí.

El coronel lo miró de arriba abajo, y con un gesto lento indicó a los pocos que habían entrado tras Ramírez que saliesen a ver el lance desde el exterior.

Pronto la gente se empujaba en dos de las tres ventanas del galpón, las más cercanas a Ramírez, mientras que los veganos, que habían permanecido en el exterior, copaban el ventanuco que daba luz y aire al perfil derecho del coronel.

Cuando se apagaron las voces y los murmullos, Cipriano descorchó la botella con los dientes y se sirvió un trago en el vaso.

-Claro que te voy a atender -le dijo dándose el primer trago y volviendo a escanciar alcohol en el vaso.

-Va uno -se dijo Ramírez mentalmente.

-Lo que me hiciste con ese gallo no esta escrito -largó el coronel, preparándose para el segundo trago-. Esa vaina es una traición a mi, al gobierno y a la Nación.

-Van dos -murmuró Rafelo entre dientes, sintiendo cómo las orejas comenzaban a calentársele. Intentó parar la manipulación del otro.

Coronel: Yo le dije que ese gallo no podía pelear y si usted insistió…

-¡Cállese, Traidor a la Patria! -gritó colérico el político, dándose un tercer trago tan violento que se salpicó el cuello con el licor-. Usted sabía bien que estos hombres de la Vega -agregó señalando a los mirones de la ventana que le quedaba a su mano derecha- son fanáticos de Buenaventura Báez, ese mierda de líder político que llenó el país de camellos de Arabia y pesos falsos de papel de limpiarse el culo… -los hombres de la ventana se movieron nerviosos ante el insulto, pero Cipriano acalló sus protestas con una advertencia de las suyas-. Quietecitos ahí, jodidos colorados, que si no se han dado cuenta, mis compañeros están detrás de ustedes, por si me inventan alguna jugada. Ya perdí con el gallo de este cabrón, pero no voy a perder con ustedes. Yo soy gente de Lilís, y ustedes no pueden conmigo.

Los hombres de la ventana de Cipriano se movieron sutilmente, mirando hacia atrás para constatar la amenaza del cacique y entre murmullos, se reposicionaron en la ventana con tenso cuidado. Obviamente, los lilisistas armados del coronel los vigilaban desde el medio de la calle.

Cipriano se dio otro trago, y volvió a mirar al solitario adversario que se encontraba de pie frente a él, a unos tres metros. Le señaló una silla que estaba a sus espaldas -¡Sientate! -le ordenó y Rafelo obedeció, sin darle la espalda ni un segundo ni dejar de contar el cuarto trago de su verdugo.

-Su gallo “Lilís“ estaba acabado antes de pelear -insistió de pronto Ramírez, robándole el protagonismo por sorpresa a su oponente-. Si usted supiera de gallos la mitad de lo que sabe cualquier niño, no hubiera insistido en echarlo a pelear y mucho menos apostando en contra del vigente campeón de La Vega, el cenizo de estos señores.

-¿Cómo? -preguntó divertido el otro sirviéndose de la botella-. ¿Y no dizque que el gallo se llamaba “Doble U”? ¡Buen cabrón! ¿Ahora le llamas “Lilís”?

-Ahora el gallo esta tieso -dijo Rafelo con voz de hielo, en el instante mismo en que Cipriano se daba su quinto trago-. Tal y como sale Lilís en los daguerrotipos: prieto y tieso…

El coronel detuvo el sorbo que se daba con un espasmo involuntario, en el umbral mismo de atragantarse con lo que oía, conteniendo a duras penas la cuchillada del fiero ron en su garganta. Los ojos le llamearon, y el rostro se le congestionó.

-¡Hijo de la gran puta, traidor! -gritó dando un manotazo en la mesa-. ¡Tu estabas combinado con estos veganos para joder a todo el pueblo! ¡Por eso echaste al gallo y le dijiste a tu mujer que apostara cinco pesos al Cenizo, para jodernos a nosotros, malagradecido, a un pueblo donde nadie te ha puesto ni un pero desde que llegaste ¡cabronazo!

Ramírez se encogió de hombros, como a manera de excusa.

-Es que aquí la gente es bruta con cojones, coronel. Me he hartado de decirles que el gallo no se llamaba Lilís y nadie me puso caso. Luego me harte de decir que no podía pelear, y va usted y se mete en apuestas con sus enemigos políticos… -sonrió ampliamente-. Educar a tanto burro no es trabajo para un gallero.

Cipriano no dijo nada pero un brillo satánico saltó de sus ojos.

Permaneció un instante mirando a aquel hombre que lo había arruinado, mientras se sobaba el bigote sirvió otro trago, y luego otro. Los ojos seguían brillándole con malsana insistencia, como si luchara contra sus ganas de trocarle los insultos por balazos. Sabiéndose ganador decidió proseguir con el envite.

Se sirvió otro trago más.

-Me quedan dos -pensó Ramírez, relajando las manos que le reposaban en el regazo.

-Y ahora -dijo de pronto el coronel, como saltándose los insultos- tengo que aguantar que tú vengas con mucha vaina a burlarte de la autoridad, con un pistolón al cinto, como si tu fueras un macho. Pero oye bien lo que te digo, santiaguero de mierda: después de que yo te ajusticie, voy a ir a tu casa y le voy a quitar el dinero a tu mujer, y me voy a cobrar las ganancias que no tuve por tu culpa, cobrándole con carne a esa putica; y a ti, te voy a colgar de un palo bajito del monte, para que te coman los puercos cimarrones y los cuervos, hasta que el hedor llegue hasta aquí…

Rafelo se sonrío con tristeza.

-Y después de muerto ¿qué me va a importar esa vaina a mi? -dijo el gallero con candidez, contando el noveno trago de su enemigo-. ¿Usted ve lo que digo yo de ser bruto o no ser bruto? -agregó, sacando su revólver con enorme rapidez y poniéndose de un salto vertiginoso a medio metro del coronel, mientras apretaba el gatillo repetidamente, buscando la cara de aquel cabrón con saña de gallo hambriento de sangre.

Con el estruendo de los disparos, los mirones de las ventanas se agacharon como impulsados por resortes, mientras que los veganos desenfundaban sus armas y comenzaban a disparar a los hombres que les rodeaban por las espaldas.

En unos segundos el tiroteo se fortaleció en el exterior, mientras la gente corría a ponerse a cubierto. Tras unos minutos de confusión, el barullo cesó de pronto, entre súplicas de que cesara el fuego, maldiciones, lamentos y gritos de vivas al partido colorado.

En el galpón, el humo de los disparos comenzó a disiparse lentamente, sorprendiendo a la figura de Rafelo, aún de pie, revólver en mano, apuntando al cadáver de Cipriano que yacía en el suelo tras la silla, con un balazo en el bigote, que lo había dejado tan seco, frito y tieso, como para sostener aún en su mano derecha el vaso de cristal azul.

Los ojos miraban al techo, y un charco de sangre comenzaba a formarse como una almohada bajo su cráneo.

Rafelo sintió cómo alguien lo agarraba desde atrás y lo halaba hacia la salida, mientras lo felicitaba, privándole de aquella maravillosa visión de Cipriano muerto. La rabia le hacía percibir el entorno en un color marrón oscuro, a pesar de que la luz solar seguía entrando a raudales por las tres ventanas del galpón.

-¡Bien hecho, Amigo! -le repitió la voz entre firmes empujones-. Ahora hay que irse de aquí, pitando… Venga conmigo que le tenemos una montura lista para que coja el camino de Jarabacoa, para que busque allá al hombre que le dije: Emilio el trabero. Él le esconderá…

Rafelo reaccionó al fin, identificando a su benefactor como al vegano responsable del gallo Cenizo, y con balbuceos le agradeció tanto favor.

-Le disparé cuando se dió el noveno trago, porque usted me dijo claro cuánto había perdido ese desgraciado…

-Eso no importa ahora, Amigo. Lo bien hecho, hecho está. Yo dejé esa vaina así porque también nosotros teníamos la duda de cuándo ese cabrón le dispararía a usted. Tenga en cuenta que el fallecido estaba borracho desde esta mañana.

-¡Diablos! -murmuró Rafelo comenzando a caminar con mayor rapidez-. Le dí en el medio del bigote. Se le están escurriendo los sesos por las orejas…

El vegano se rió.

-¡Ese tiro del bigote lo mató matadito, si señor! -se rió con ganas-. Yo lo felicito, Rafelo, pero tengo que decirle que mi primo Manuel también le disparó con un rifle a través del ventanuco desde el framboyán del otro lado de la calle… y él dice que le dio de lleno al tal Cipiano en el medio del melón. La casualidad es que los dos dispararan cuando el hombre se daba el noveno trago.

Tal afirmación hizo parar en seco a Ramírez, que cogió por las solapas al vegano y le pidió que le aclarara lo que acababa de decir.

-Eso mismo, Amigo: nosotros ayudamos un poquito, pero esté seguro de que fue usted que mató a ese perro. Lo de nosotros fue por asegurarnos. Ese es el compañerismo de los Baecístas, que nunca abandonamos a nuestra gente.

-Yo no soy baecísta -dijo Ramírez casi de manera refleja. Intuyó que nunca sabría la verdad de aquel asunto.

-Ahora si, amigo -le corrigió el otro con sorna- ahora si que lo es… Tenga en cuenta que se hace usted baecísta y se alza con nuestro partido, o pasa por este trago todos los domingos, sin contar con que sus amigos veganos estemos por aquí ¡Decídase ahora!

Ramírez no se lo pensó dos veces, aplastado por la lógica de su colega trabero. La adrenalina le aconsejó no perder el tiempo en mayores consideraciones políticas. Se dijo a sí mismo que era un nuevo Rafelo Ramírez.

-Si, me voy con ustedes, pero primero tengo que ir a mi casa a arreglar un asunto -dijo desembarazándose de su acompañante-, espérenme a la vuelta de la regola de la carretera.

-¡Dese prisa, amigo! ¡Viva Báez! -gritó el vegano viéndolo marcharse.

-¡Que Viva! -gritó Ramírez con voz fiera, acelerando el paso hacia su casa.

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