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y V

Cuando el hombre llegó sudoroso y agitado a su casa, su mujer le abrió la puerta como si lo hiciera a un fantasma, balbuceó alguna cosa y se retiró dos pasos para que aquel ciclón no la arramblara. Rafelo giró sobre sus talones y la cogió con una mano por el cuello, atrayéndola hacia él con violencia inusitada. Le gruñó más que hablarle y la miró fijamente, con luz asesina al fondo de su alma:

-¡Óyeme bien, hija de la gran putaza! Éste traberito de mierda que está aquí, acaba de matar al gallo de Lilís en esta comarca, metiéndole un plomazo en pleno pico… ¡Ya se acabó la vaina en esta casa! Me voy al monte a tumbar este gobierno a tiro limpio y lo voy a hacer con los veinticinco pesos que te ganaste para tu viudez y que pensabas robarme! ¡Mira bien, mujercita del carajo! Todavía estoy vivo y con mi traje, y ya te aviso: así mismito vendré de noche en noche a montarte como si fueras una yegua, así que nada mas oír mi silbido para los gallos, te quiero abierta de piernas en el centro de la cama ¡y con la boquita bien cerrada! ¡Ahora estas casada con tremendo baecísta alzado, con bigote de guía y toda la vaina! Dámele de comer a los animales, en especial al gallito canelo que yo llamo Huracán. Traguéamelo dos veces al día, deja que se purge con el perejil, déjalo que haga lo que le de la gana; pero eso si: ¡ni se te ocurra sobarlo, que después se me raja! Ya se sabe que las mujeres no deben sobar a los gallos machos… De ahora en adelante, ese gallo se llamará Be y Be, en honor a Báez, mi caudillo, y tú lo cuidarás como si fuera tu padre, por que si me le pasa algo, aunque sea un mal moquillo, te voy a hartar a bofetones, maldita lilicísta ¿Me entendiste?

La aterrorizada mujer asentía sin hablar, buscando con afán el dinero que había ganado con su apuesta secreta entre los pliegues de su enagua, intentando asimilar aquella lluvia de mandatos.

Le extendió el dinero a su marido y puso las manos entre él y su rostro, como débil barrera protectora. Ramírez cogió el dinero y se lo metió en el bolsillo de los pantalones sin soltarle el cuello a Dorita y entonces le preguntó:

-¿Me tienes miedo? -acompañó con un subir y bajar lento de la cabeza el propio gesto afirmativo de su mujer y al ver que coincidían ambos, con la mano derecha le propinó una sonora bofetada. La mujer se bamboleó y él la soltó, terminando por caer un par de metros más allá, sobre la mesa.

-Pues ve cogiendo ahí… Yo me voy ahora. Ya tu sabes lo que puedes esperar de mí -terminó por puntualizar el gallero-. Y cuando se presente aquí el hijo del pulpero buscando un peso que le debo, me le dices que yo no quiero tener nada que ver con lilicístas. Que vaya a cobrarle a las catorce viudas de Cipriano.

La mujer volvió a asentir, sujetándose el lado abofeteado con mano trémula. Su marido la dejó, sin dirigirle más que otra mirada asesina.

Rafelo salió al exterior, suspiró profundamente y comenzó a caminar despacio hacia el centro del pueblo. Llevaba el revolver en una mano y con la otra comenzó a sobarse los pelitos del incipiente bigote.

Le gustaba lo que acababa de hacer: meter a su mujercita en cintura, cortando de una vez y para siempre el primer conato de rebelión y traición que achacaba a la malévola influencia de los cambios lunares, las mareas y otras pendejadas femeninas. Casi en un mismo pensamiento, desde muy lejos se sintió observado por las mujeres del pueblo que miraban a través de las rendijas de sus casas.

Su pecho se hinchó de orgullo y escuchó lejano el canto de un gallo, que bien podría ser una despedida de su espléndido “Doble U”, volando hacia el cielo de los gallos, o a donde coño fueran los animales nobles al morir.

-Las mujeres son candela -se dijo a si mismo-, por eso los hombres a veces somos demonios. Y para que vayan afincando todas estas ceporras de por aquí, nada mas llegar a Jarabacoa, me voy a buscar a una de esas blanquitas con ojos azules de la sierra, para que me cuide y me mime. Se acabo ya la tontería: gallos, mujeres y tiros, hasta que se me acabe la suerte o la picardía.

 Mientras Ramírez se unía a sus nuevos compinches, Dorita se levantó del suelo y pasando a la habitación, se miró el rostro enrojecido en el espejo roto que solía usar su marido para afeitarse.

Aquel golpazo tenia trazas de que se hincharía aún más, tal y como esperaba ella que se le hinchase alguna vez la panza.

-¡Jesús! ¡Lo que hay que apretar a un hombre bueno para que se porte como un macho! -murmuró mientras se palpaba con delicadeza el carrillo adolorido. Abrió la boca muy despacio un par de veces, hasta notar el inicio del dolor, que en esa ocasión le pareció una marca del macho que había surgido del tranquilo Ramírez

Lo que hay que joder para cambiar a un hombre, por Dios! Estos hombres no entienden nada… -dijo ya para sí misma-. ¿Qué mujer quiere vivir con un hombre tan manso que resulte aburrido? Ellos no lo comprenden por que tienen a sus gallos, sus políticas y sus querellas, pero ¿y las mujeres, que tenemos? ¡O tenemos hijos, o somos como un florero! Ahora comienza lo bueno, con Rafelo tirando tiros, aunque sea en contra de mi partido, y viniendo aquí a buscar lo suyo.

Pensando en el futuro inmediato, Dorita llegó a la más sublime de las conclusiones maritales de una mujer como ella. -¡Lo tengo dominado, ahora si que es mi hombre, mi macho! -La mujer dio un par de pasos de baile llena de alegría, pero de inmediato se volvió taciturna y calculadora. Se sentó y estudió brevemente la nueva situación. Sin dudas, podría sacar provecho.

 -Tendré que prepararme para darle lo que me pida y ser paciente para dejarlo satisfecho cuando venga… -se sobó suavemente el carrillo otra vez, intentando una sonrisa sensual, como si su guerrillero estuviera allí requiriéndola en amores con urgencia-. Comida, cama y ron -se dijo-. Tengo que tenerlo enamoradito.

Se entretuvo unos instantes como para ensayar una mirada pícara, abriendo instintivamente las piernas y metiendo el grueso de su falda entre ellas, haciendo bulto y fue entonces que un terrible pensamiento cayó fulminante sobre sus maniobras, cegándole por un instante y haciendo que sus orejas se calentaran de golpe.

– ¡Coño! -gritó bajito-. ¿Qué fue lo que me dijo mi hombre? ¿Que traqueara al gallito y que no lo sobara o que lo sobara pero no lo traqueara? -la terrible duda se apoderó de su ánimo, aunque no por mucho tiempo. Volvió sin problemas a su nuevo estado de ensoñación-. Estaba tan bello, así, como loco -dijo ya en voz alta, abrazándose a si misma, como si apretujara al varón contra su pecho- que ahora no me acuerdo de sus ordenes -se mordió el labio inferior con la furia del que sabe que ha cometido un error estúpido. Pensó que una simpleza así podría hacer que Ramírez la dejara por otra que le pariera muchachos, sin librarla a ella de las exigencias del gallero.

Dos lágrimas enormes resbalaron por sus mofletes y murmuró lo que podría ser una buena condena por sus maniobras. -¡Yo si que me jodí: como ahora salga cobarde el gallito canelo, cada vez que Rafelo venga, me va a atizar como si fuera una tambora! Pero por lo demás -se dijo de inmediato por lo bajo volviendo a dejar que su ánimo pendulara hasta el otro extremo- ¡Igual le coge con abusar un poco, pero ahora que va de guerrillero, cuando venga también va a tener la obligación de revolcarme en esa cama desde la nochecita hasta el amanecer para dejar su nombre de tumba gobiernos bien en alto!

La simple Dorita, la esencia de aquella mujer sencilla y sin luces, se sintió aliviada con el diluvio de pensamientos contrapuestos que experimentaba y buscó la catarsis en una frase que nunca pensó que gritaría:

-¡Que Viva Báez, carajooooo!