En su condición de sesudo analista televisivo de política, Segismundo tuvo un momento de deformación profesional cuando llegó temprano a casa y encontró a su mujer con otro que no dudó en escapar por la ventana.

Coherente con su imagen pública, no le quedó más remedio que acercar un par de sillas y exigirle a su mujer que se sentara frente a él, para divagar juntos sobre si la infidelidad conyugal era una perversión de los valores democráticos o un simple y desagradable  vicio hijo del hastío y de la carne.

Cuatro horas después, ella le dio el divorcio renunciando a los niños, las ganancias, los coches, la casa, el perro, las acciones de un banco y  le cedió, sin más, una mercería que había heredado de una tía de Murcia, mientras le juraba que emigraría al Vietnam sin tardanza.

A cambio, la mujer solo le pidió que se callara ya de una puñetera vez. Segis, caballeroso en su supuesta derrota, la complació.

Ese año, sus compañeros de la tele -envidiosos como monas- le concedieron el premio “Labia de Acero” a la tertulia privada más exitosa y comentada de la temporada.