Crecí en un barrio y una época en los que las puertas de las casas se abrían temprano en la mañana y se cerraban cerca de las diez de la noche.

Durante todo el día se palpaba la vida dentro de las viviendas y a veces era posible vislumbrar la historia de lo que pasaba en ellas, mirando desde la entrada hasta el fondo del patio. La costumbre  -en apariencia ingenua- lograba imponer límites a la curiosidad e implantaba la discreción tanto dentro como fuera de los hogares, porque todos estábamos igual de expuestos. Así, cuando una puerta se cerraba durante mucho tiempo o se clausuraba un local, al barrio se le caía un pedazo de su engranaje.

No es de extrañar entonces que -sin ser particularmente fisgón- una puerta cerrada me sugiera mil historias potencialmente interesantes de ausencia, dolor o de gozo ajeno y privado… O de vacío permanente.

Me atrevo a afirmar que hay puertas cerradas que inspiran a que se les inmortalice en una simple foto o que se les escriba algo, aunque sea un grafito con spray. También hay puertas abiertas que parecen pedir lo mismo.

Como cuando cargo la cámara, se me olvidan los botes de pintura,  me enrollo y las fotografío nada más verlas.

No sé si logro explicarme bien…

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