Capítulo XXXI

21 de mayo de 1802

Charleston, Carolina del Sur

Su Excelencia Alexandre Francois Conde de Grasse-Tilly y Marqués de la Casa Tilly había terminado su primera revisión del extenso legado personal de Monsieur Étienne  Morín, cuando comprendió que estaba frente a un misterioso y viejo secreto.

Provenientes de  aquel baúl que había recibido de manos de masones de Jamaica, el Conde separó cartas personales y comerciales, prestando especial atención a un libro en castellano antiguo conocido como “El Cancionero de Baena”, que resultó tener subrayados y anotaciones en alemán antiguo.  En el arcón de Morín había también extensas notas de un cura español del Siglo XV en mal latín, a las que se habían agregado con posterioridad anotaciones en el inglés del siglo XVI, un cuadernillo en castellano viejo y en provenzal de un tal cura Pané que versaba sobre indios y sus dioses, una copia de un calco sobre una textura dura con cuatro letras en hebreo sin fechar, un libro muy manoseado de “La Esperança da Israel” de Manases Ben Israel en portugués y un dibujo  detallista de un gran envoltorio con forma humana, con la palabra “golemo” escrita en la titubeante letra de un niño en el margen inferior. Su interés aumentó al comprobar que había también tres mapas del siglo anterior de la isla de Santo Domingo, el más pequeño de los cuales tenía marcado varios recorridos que partían de Cap Haitien, una zona geográfica que él conocía personalmente.

De Grasse  concluyó que si bien parecía que la familia Morín arrastraba todos aquellos disimiles documentos por generaciones, de alguna forma, Monsieur Étienne parecía haber destilado todo hasta poder trabajar con unos mapas modernos y eso le gustó: Los recorridos se adentraban por la costa norte de la isla de Santo Domingo para redirigirse luego al sureste hasta una zona conocida por los españoles como Cotuy.  Al conde lo que más lo intrigó fue que el inicio de aquellos  recorridos surgían en la zona en que él mismo había vendido una de sus propiedades heredadas a un tal Pierre Prud´homme, y el comprobar que el mapa mostraba muchas marcas reunidas en la zona del único monte de la comarca, como si alguien hubiese cribado sus faldas, desechando posibles localizaciones de aquello que fuese lo que  buscase. Bien sabía él que esa zona era tierra mágica para sus habitantes, y que la rodeaban misterios y leyendas casi siempre con alguna base real.

Como sabía que probablemente no volvería a pisar tales parajes otra vez, al conde aquello  le pareció un desafío intelectual a largo plazo, algo a lo que estaba acostumbrado desde el día en que se hizo masón. Decidió que aquel  expediente sería para alguno de sus parientes de la casa Tilly  y pasó la mitad del dossier de Morín a su hermano menor José Pablo, otro marqués de Tilly , al igual que él militar y masón, a sabiendas de que se fraguaban cambios definitivos en Francia y toda Europa con el advenimiento del Imperio de Napoleón, que se había expandido hacia la península Ibérica.

En pocos meses, ambos hermanos estarán en España ocupándose de asuntos militares y masónicos oficiales que incluían contactos con logias inglesas y de otros enemigos, basándose en acuerdos y pactos venidos desde pequeñas logias del Caribe, fundadas por Morín. Para evitar que alguien pudiese protestar contra aquellos convenientes acuerdos minoritarios, el conde destruirá en la noche del solsticio de verano, las notas que había tomado en Kingston sobre la patente original del fallecido Morín. Aquella fogata será una manera litúrgica de proteger a la masonería americana, ya que de aquellos documentos se desprendía  que las responsabilidades otorgadas originalmente al comerciante, no habían sido tan amplias como había invocado él mismo para ejercer de gran autoridad masónica,  lo que podría inhabilitar a muchas logias de todo el Caribe.

De Grasse se convenció que el secreto que encerraba aquel misterio sería capaz de cambiar a medio mundo, mezclando a judíos y masones donde ya confluían indios, españoles, cuevas, brujos, piratas y tesoros.

Monsieur Le Comte entró al trapo en el misterio que el destino le había puesto en las manos, recitando con frecuencia el  “Non Nobis Domine, Non Nobis, Sed Nomini Tuo Da Gloriam”

 

Fin de la Segunda Parte