En su condición de viuda de Manuel “Macho” Camacho y madre de una chica y un mocetón,  Doña Celsa decía con frecuencia a sus vecinas lo angelical que era su yerno Javi, porque éste solía llevarle el desayuno a la cama a su Mari Luz los domingos por la mañana.

A su vástago, por el contrario, lo llamó calzonazos en la intimidad de su propia cocina, una vez que lo pilló fregando unos platos ya que su mujer estaba agotada de los niños y a punto de romper aguas de su cuarto embarazo.

-¡Sé hombre y date a respetar!- le ordenó airada- ¡Quita y dame aquí ese estropajo, antes de que tu padre se remueva en su tumba!…