Jigoro Kano, creador del Judo, decide probar con urgencia una llave que se le ha ocurrido mientras dormía su preceptiva hora y media diaria. Le asusta un poco que la maniobra pueda resultar mortal.

Es el único día festivo de toda la década en Japón, el dojo esta cerrado, sus alumnos están en un karaoke lejano poniéndose de sake hasta el quinto dan y el maestro desespera. Decide no perder ni un minuto más para no dañar su productividad personal y pide ayuda a un miembro de su familia.

-Honorable cuñada Uchi-San: ¿sería tan amable de hacerme de oponente unos instantes para probar una idea nueva? Si es una buena llave, le daré el crédito por su colaboración.

La mujer, que siempre ha criticado los afanes deportivos de su cuñado, accede sin esconder su mala gana.

El ippon que le metió don Jigi tan pronto llegaron al tatami, se interpretó como un terremoto de 4.3 grados en la escala Ritcher en todo Hokkaido.

Sensei Kano cumplió su palabra y llamó a su nueva llave Uchi-Mata, la técnica de los Principes Consortes. Lo anunció quince días después, en el funeral shintoísta de su cuñada.