El llamado espíritu aventurero hace que muchas personas se dediquen a la práctica de actividades peligrosas, ante la admiración de los que no nos atrevemos a lanzarnos al vacío con un paracaídas, tocar levemente un río desde un puente amarrados a un arnés, bajar en un endeble kayak por una torrentera, o jugar de igual a igual con fieras salvajes.

A lo más que llegamos los que no tenemos el gen de los atronados, es a guardar nuestra envidia cochina bajo el manto de la precaución, alegando una y mil veces la pregunta comodín en estos casos: ¿Y para qué voy a hacer ese disparate con lo bien que se está con los piececitos en el suelo?

Ahora bien, todos los que no perdemos el tiempo trenzando lianas y revisando clavijas para no perder la vida, tenemos cada día pequeñas aventuras que, bien vistas, harían de nosotros unos héroes deportivos de los más arriesgados, si el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte se decidiera a facilitar la Convalidación de tales actividades. He aquí varios ejemplos comunes que deberían conllevar que te envíen un diploma y una orla de gente desconocida igualmente aventurera, como tú.
ESCALAR EL ANNAPURNA
Si vives en un cuarto piso y se avería tu ascensor, escoge ese día para ir a la compra al Carrefour y a llevar a la abuela al médico de Atención Primaria. A contra reembolso, el administrador de la comunidad te enviará un juego de auténticas banderolas nepalíes de colores para celebrar tu llegada virtual al Primer Campamento Base.

MEDIA MARATÓN CON ESCALERAS.

Toma la línea 10 del metro de Madrid, baja en la estación Alonso Martínez e intenta el transbordo a la línea 5 en dirección Casa de Campo. Lleva a algún amigo kenyata como “liebre” o en su defecto a Forrest Gump.

MAÑANA MÁS.