Napoleón Bonaparte arenga a sus tropas al pie de las pirámides de Egipto. Con voz poderosa les dice aquello de “Soldados, cuarenta siglos de historia os contemplan”. Con la ovación de sus soldados, recorre al galope el ancho de la Gran Pirámide.

Del fondo de la impertérrita formación bajo el sol abrasador, se escucha la voz de un andaluz enrolado a la fuerza por fullero:

¡Ozú, guillo; arzate en los estribos, mi arma; a ver si te contemplamos a ti una miaja, pe´azo´e monicaco!

El sargento de pelotón reacciona airado, preguntando con los dientes apretados a sus hombres que quien ha osado hablar. Se vuelva a oír la voz de andaluz distorsionada ex-profeso:

-¡Fue Blancanieves, mi sargento!

De inmediato, con la orden de marchar fusiles en ristre, un murmullo gutural surge de las candentes arenas de Gizeh:

-¡Ay-ho, ay-ho,

nos vamos a cenar,

Cavar, cavar, cavar,

y no menoscavar! ¡Ay-hoooo!