En la orilla derecha del rio Po, Fray Angélico eleva una plegaria especial tras lograr producir licor de avellanas del bosque. El eremita tiene los pelos de punta, la sotana sucia y lleva el cordón de su orden enrollado en la sandalia izquierda. Huele a borracho a cien metros de distancia.

-¡¡Que viva Dios!! Así, sin más: ¡Que vi-va ese pe-da-zo de Dios que Dios nos dió…! ¡Jeje! Eso suena raro ¿no? ¡jiji! ¡Donde digo digo, Diego Dios…! -cambia de pronto de fase etílica y hace el saludo romano sin venir a cuento- ¡Ave-Llana, los que van a beber te saludan: o sea, Bebetorium-Salutarium!¡Burrrrrp…! ¡Ay madre, que risas! ¡Esto es como algunas cuñadas: te entran suave primero y luego te retuercen las tripas desde dentro! -baja la voz y habla casi en un murmullo- Señor: ¿Por qué inventaste a las cuñadas, joder? ¿Y luego, en qué estabas pensando durante el Diluvio, si solo salvaste a los peces y los cuatro bichos del arca? ¡Estarías durmiendo la mona de vino consagrado, digo yo! ¿Y Adán? ¿Acaso tuvo cuñadas el Adán? ¿No? Pues sí que siguió en el Paraíso el abuelete!