Perdonadme Señor Marqués, no quiero parecer pedante, pero no hay ser que me levante antes de mediodía.

El Destrio

Estimado barón, otrora dandy.

No os podéis imaginar cómo me congratula recibir una nueva epístola de vuestra mano: ¡Seguís vivo! Y de vuestra mano ha de ser, que esa caligrafía sísmica y la cantidad de borrones que la ilustran, cuál si el folio hubiera envuelto medía rueda de churros, dan fe de que esta vez no os la ha transcrito la limpiadora. Ilustrísima, ¿tan magra renta os ha quedado que ni para una secretaria alcanza?

(Alcanza, con zeta, Eufrasia).

Más me sorprende ese estilo vuestro, esa prosa fluida, que digo fluida, ¡chorreante!, y que decir de vuestro dominio del sarcasmo, de vuestros malabares con los vocablos y de esos versos incrustados a vuela pluma como granos de maíz en un cagarro ¡Sublime! Querido barón, ¡que seminarista se ha perdido con vos!

Vano afán, ¿la curia? A vuestra edad lo más que uno puede ser, es apróstata. Y eso que no…

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